David Cameron está atrapado. Si cuando contrató a Andy Coulson para dirigir la comunicación del Partido Conservador y luego la de Downing Street no estaba al tanto de los escabrosos métodos que utilizaba al frente de News of the World, quedará ante su país como un cándido desinformado que no repara en la trayectoria de los colaboradores que elige. En cambio, si tenía conocimiento de esos procedimientos y no vio la gravedad que entrañaban, parecerá claro que antepuso los beneficios que le proporcionaba tenerlo en su equipo a rechazarlo por sus malas prácticas.
El escándalo, que saca a la luz la basura de que está hecho el amarillismo de los tabloides británicos, no matará al premier británico. El argumento que emplean los laboristas para intentar abrasarlo, que el propietario del grupo editor del periódico culpable pidió el voto para él en las pasadas elecciones, pierde fuerza en el momento en que se recuerda que también respaldó la candidatura de Tony Blair siempre que se presentó. Por otra parte, el caso de Alastair Campbell, el gurú que convirtió a Lady Di en la princesa del pueblo, revela que Cameron no es el primero que recurre a profesionales salidos del sensacionalismo para proyectar su imagen pública.
Pese a ello, no le resultará fácil desenredarse del caso y, si lo consigue, será con costurones, al precio de empeñar parte de su capital político. Si como parece su antiguo hombre de comunicación promovió o amparó escuchas, chantajes y sobornos, Cameron tendría difícil explicar por qué no acudió al único sitio al que debe acudir uno, sea primer ministro o no, cuando se encuentra con un personaje de esas características: los tribunales.