La mano ejecutora de la limpieza étnica


REDACCIÓN / la voz

si muestras miedo, te salta a la yugular». Así describía a Ratko Mladic el jefe de la fuerza de paz de la ONU en Bosnia en 1995. Un nombre unido para siempre al de Srebrenica, el lugar donde cometió la mayor matanza en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La mano ejecutora de la limpieza étnica de musulmanes y croatas ideada para Bosnia por el líder político Radovan Karadzic, con la ayuda en la sombra del entonces presidente yugoslavo, Slobodan Milosevic.

Nacido en 1943 en una aldea de Bosnia oriental, siempre había mostrado un odio visceral hacia croatas y musulmanes y gustaba recordar como su padre, un partisano comunista, había muerto a manos de los ustachis, las milicias croatas aliadas de los nazis, cuando él solo tenía dos años. El estallido de la guerra, el 6 de abril de 1992, le permitió cumplir sus sueños de venganza.

En 1991, cuando la Yugoslavia de Josip Broz, Tito, comenzaba a desmoronarse, fue nombrado jefe de la IX región militar, con base en la Krajina (Croacia). Allí transformó las milicias locales en un verdadero regimiento paramilitar que sembró el terror entre la población no serbia. Pero no fue hasta 1992, al estallar la guerra en la vecina Bosnia, cuando se convirtió en un militar clave, después de que Belgrado retirara a todos sus soldados, excepto a los nacidos allí. Sus métodos para vaciar de musulmanes y croatas los territorios que iba conquistando y su inquebrantable compromiso con la Gran Serbia, le valieron un ascenso fulgurante hasta la cúpula del recién creado Ejercito serbobosnio.

Su llegada a las colinas que dominaban Sarajevo coincidió con los días más mortíferos de la asediada capital, donde murieron unas 10.000 personas. Siempre se vanaglorió de su crueldad. «Tiren a Velusice [suburbio de la capital]. Allí no hay muchos serbios», llegó a decir frente a un grupo de reporteros.

Entre el 12 y el 19 julio de 1995 dirigió la conquista del enclave musulmán de Srebrenica, teóricamente protegido por la ONU. En esos siete días fueron ejecutados más de 8.000 varones musulmanes de entre 16 y 60 años, ante la pasividad de los cascos azules holandeses.

En su entrada triunfal en la ciudad, las televisiones mostraron a un militar ávido de gloria y vanidoso que estrechaba manos de mujeres y niños, los únicos que había dejado vivos, y brindaba con el comandante holandés.

En los últimos días de la guerra, su soberbia lo llevó a disputar el poder al propio Karadzic. Los acuerdos de paz de Dayton iniciaron su desaparición y durante 16 años sus compatriotas han protegido al que consideran un héroe. Mientras otros se escondían, él paseaba por Belgrado y se permitía ir a ver a la selección de fútbol serbia.

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