N o es el petróleo, sino la sangre, el fluido más explosivo de Oriente Medio. Se ha podido ver en las revueltas árabes hasta el momento y se está viendo ahora en la rebelión siria. Los muertos en las manifestaciones dan lugar a entierros que a su vez causan más muertos, y por tanto llevan a nuevas manifestaciones. Si el número de víctimas alcanza una masa crítica, la sangre consigue retroalimentarse sin necesidad de convocar manifestaciones. El síntoma de este estadio es que hay jornadas violentas que no son viernes (el día en el que es más fácil congregar una masa en una ciudad árabe). Siria acaba de alcanzar ese estadio.
También vuelve a verse cómo las reformas no sirven para aplacar la llamada de la sangre derramada. Al contrario, son interpretadas (con razón) como una señal de debilidad y pánico en el régimen que anima a los manifestantes a ir más lejos. En el caso de Siria, en concreto, las concesiones han sido considerables e inmediatas: la supresión del estado de emergencia y la aprobación de un mecanismo para la legalización de partidos políticos que por cierto recuerda bastante al que propuso Arias Navarro en España en los estertores del franquismo. Inútil, el grifo de la sangre se a abierto hasta el tope.
Falta todavía llegar al estadio siguiente: el del colapso. Sigue sin haber manifestaciones importantes en la capital, Damasco. Tampoco hay grandes protestas en la mayor ciudad de país, Aleppo. Esto quiere decir que las élites alauíes, cristianas y mercantiles aún desconfían de la revuelta. No se ven tampoco, por ahora, señales de descomposición del régimen (las dimisiones de dos diputados ayer son nimias). Hay que recordar que Siria no es una dictadura personalista, como lo eran Egipto o Túnez o como lo son el Yemen y Libia. Bashar al Asad no es más que el heredero de un régimen al que representa pero no gobierna, un régimen que no le permitirá ceder más allá de un cierto punto.
Hasta ahí llega el límite de la sangre como gasolina de la revuelta: si no se rompe la unidad de intereses que mantiene al régimen en pie, la sangre pasará a ser tan solo lo que en el fondo suele ser: la unidad de medida de la tragedia.