Diez semanas de incendio árabe

Leoncio gonzález REDACCIÓN / LA VOZ

INTERNACIONAL

La onda expansiva de la muerte de Bouazizi hace temblar los cimientos de 13 países

06 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

1 Marruecos: El rey Mohamed VI anuncia reformas tras las protestas incipientes, pero se niega a traspasar sus poderes omnímodos.

2Argelia: El Gobierno se vio obligado a levantar el estado de excepción vigente desde 1992.

3 Libia: Gadafi se resiste a abandonar el poder y lanza a los sectores del Ejército que le son leales contra su propio pueblo.

4 Túnez: Los manifestantes lograron echar al dictador Ben Alí. El país celebrará elecciones constituyentes el 24 de julio.

5 Egipto: El Ejército se hizo cargo de la transición tras la marcha de Mubarak. Habrá un referendo constitucional el próximo día 19.

6 Sudán: El presidente Al Bashir prometió que no se presentará a la reelección.

7 Jordania: El rey Abdalá cambió el Gobierno y prometió reformas, pero siguen las protestas.

8 Irak: Se suceden las manifestaciones contra la corrupción y la ineficacia de las autoridades.

9 Irán: Los líderes reformistas están arrestados. Pese a la fuerte represión, prosiguen las manifestaciones.

10 Bahréin: La mayoría chií exige derechos políticos a la monarquía de carácter suní. Suspendido el gran premio de fórmula 1.

11 El Yemen: El presidente Saleh se ha visto obligado a anunciar que no se presentará a la reelección.

12 Omán: El sultán echa a dos ministros tras exigir reformas en la calle los ciudadanos.

13 Arabia Saudí: El rey Abdulá inyectó inversiones contra el desempleo y anuncia mano dura si se producen protestas.

Cuando se busca el nombre de Mohamed Bouazizi en Google se encuentran 780.000 referencias. No son los 135 millones que tiene Gadafi ni tantas como las 819.000 de Anthony Giddens, el padre intelectual de la Tercera Vía que asesoró al tirano libio y lo defendió por escrito con el argumento de que convertiría su país en una Noruega del norte de África. Pero también es cierto que Gadafi y Giddens ya eran conocidos antes de que eclosionase la Red, mientras que Bouazizi lleva solo dos meses y medio en ella: las diez semanas que dura el incendio que plantó en el mundo árabe al prenderse fuego a sí mismo.

Hoy ya nadie se pregunta qué hubiera ocurrido si la mañana del 17 de diciembre la funcionaria Faida Hamdi no hubiese abofeteado ni confiscado la balanza de aquel joven vendedor de fruta que soñaba con comprar una camioneta para ampliar su negocio. ¿Seguiría saqueando las joyerías de Paris Leila Trabelsi, la esposa de Ben Alí? ¿Seguirían dando brillo a la máscara democrática de Gadafi los gurús de la London School of Economics? ¿Habría expulsado la Internacional Socialista al partido de Mubarak o, por el contrario, seguiríamos creyendo en Europa que era lo mejor para contener el avance de la yihad en Egipto?

Hoy las preguntas son otras: ¿Es comparable lo que estamos viendo a lo que pasó en 1989 en el Este de Europa, cuando se desplomó el comunismo? ¿Se parece más a la primavera de los pueblos que se propagó en Europa en 1848 como reacción al legitimismo posnapoleónico? ¿Se trata de una secuela de la revolución islámica de 1979 en Irán o, más bien, cierra el ciclo que se abrió con la caída del sha? Es pronto para extraer conclusiones, pero de lo que no hay duda es de que la muerte de Bouazizi causó una aceleración de la historia que, al decir de Adam Shatz, hizo saltar por los aires los esquemas usados el último medio siglo para explicar el mundo árabe.

Hoy todos los dictadores de la región se sienten vulnerables, afirma el escritor sirio Sadiq al Azm: la onda expansiva, que hace temblar los cimientos de 13 países, un tercio de la producción mundial del petróleo, no transporta solo ruido.

Egipcios y tunecinos han hecho inviable un tipo de Estado despótico que parecía eterno. Se basaba en la exclusión política y económica de la mayoría, estaba al servicio de clanes esencialmente corruptos y acababa donde terminaba la policía secreta. Pero, al mismo tiempo, arruinaron la narrativa de Bin Laden, coartada última, junto con la energía, que permitía a los dictadores obtener la complicidad y el apoyo de Occidente.

Generación posislamista

El cambio no proviene de una erupción islamista. Al contrario, está liderado por una generación formada por unos cien millones de personas menores de 30 años, el 65% de la población árabe, a la que Olivier Roy, uno de los mayores expertos en la zona, denomina posislamista. Sus miembros, escribe, no se embutieron en sudarios blancos como en Irán ni tienen fe ciega en las bombas. No obedecen las plegarias de un imán ni conspiran en las mezquitas, sino en las redes sociales, añade el director ejecutivo de la Fundación Anna Lindh, Andreu Claret.

Más aún, sus consignas fueron Kifaya (Basta) o Irhal (Vete): no Alá akbar (Dios es grande) y mucho menos Al-islam huwa al-hal (El islam es la solución). Su referencia no es al Zawahiri sino un norteamericano llamado Gene Sharp, al que apodan el Clausewitz de la no violencia, y gracias a cuyas teorías la plaza Tahrir es ya un eslabón más de esa larga tradición pacifista iniciada por Ghandi y Luther King.

A juicio de Claret, los rebeldes son hijos de la globalización excluidos de los beneficios que esta esparce en otras partes del planeta como China, la India, Brasil, Sudafrica o Turquía. Más individualistas y liberales que sus padres, mejor informados que ellos, ya no son capaces de concebir su realización personal si no existe libertad y no se les permite participar. Como se ha visto, no se dejaron distraer dirigiendo sus protestas contra el enemigo exterior sionista o norteamericano. Parecen dispuestos a negociar fórmulas de convivencia entre el Corán y la cruz y no ponen reparos a la entrada de las mujeres en la vida pública.

¿Significa la desafección con el islam combativo que caracteriza a estos jóvenes que desaparece la amenaza fundamentalista? No tan rápido. Dar por derrotados a los yihadistas sería un error tan grave como pudo haber sido sobrevalorarlos tras el 11-S, pensando que era inevitable un choque de civilizaciones y que islam y democracia eran incompatibles de raíz.

La falta de peso de los extremistas en las protestas se debe tanto a su escasa implantación local, derivada de la estrategia que han adoptado de concentrarse en zonas como Pakistán o el desierto del Sahel, como al éxito de la represión ejercida sin piedad por los déspotas. Pero es evidente que no se resignarán. El tiempo puede jugar a favor de su intento de reagruparse si las expectativas de progreso no se cumplen y los ciudadanos ahora entusiasmados concluyen que tampoco la democracia alivia su miseria.

La Unión Europea, cuya miopía respaldando hasta el último minuto a Ben Alí y Mubarak le costará recomponer su prestigio en la zona, haría bien en no lavarse las manos ante esta probabilidad. Tiene razones fundadas para sospechar que unas democracias asentadas en la orilla sur del Mediterráneo resultarán más exigentes y menos dóciles que los déspotas caídos, pero está en su interés, y no solo en sus valores, que ese sea el escenario final, que no se produzca un retroceso y que la región no caiga en el caos.

una generación joven posislamista da la espalda a la narrativa violenta de bin laden