F ue una hora y cuarto esperpéntica. Moamar Gadafi hablaba a la cámara desde el cuartel de Bab Al-Aziziyah. Este antiguo centro de mando de la aviación libia se preserva tal y como lo dejó la aviación norteamericana en el raid de 1986, como monumento a la resistencia del régimen. Pero en ese momento las paredes agujereadas por las balas y el tejado derruido parecían más bien una amenaza de cómo piensa Gadafi dejar Libia si no se le obedece. En ese escenario alucinante, el viejo líder interpretaba el papel del rey Lear de Shakespeare, clamando contra la ingratitud, mientras el mundo se derrumba a su alrededor, como el cuartel de Al-Aziziyah.
Los traductores de las televisiones pasaron un mal rato con el errático monólogo, el soliloquio de un loco. Tras dedicar casi media hora a la exaltación de sí mismo, Gadafi llegó a decir que «Libia está destinada a gobernar el mundo». Parecía la parodia de algún genio del mal de las películas de James Bond.
Mientras, en sus gafas semioscuras se reflejaba con claridad el monumento que preside el complejo de Al-Aziziyah: un puño gigantesco que estruja un avión norteamericano como si fuese una lata de Coca-Cola. Gadafi acusó a los que se han rebelado contra él de no ser más que «una panda de chavales drogados», pero lo cierto es que era él quien parecía que se había tomado algo. A veces parecía imposible que estuviese hablando en serio. Después de anunciar «importantes reformas», se limitó a señalar que «cada pueblo tendrá su propio ayuntamiento». Luego leyó de un ejemplar inmenso de su Libro verde las condenas previstas para los «traidores» y resultó tan cómico que uno casi se olvidaba que este fue el hombre que no hace tanto hizo fusilar a mil presos políticos islamistas en las cárceles. Y después de leerles la cartilla a los libios, literalmente, les pidió que saliesen a la calle esa misma noche a hacerse matar por él (y aquí dedicó unos cuantos minutos a explicar el exacto diseño de los brazaletes que debían llevar estos comités revolucionarios). Lo peor de todo es que repitió varias veces que estaba dispuesto a morir, que es lo que dicen los políticos cuando están dispuestos a matar.
Cuando por fin terminó de hablar, unas pocas personas se acercaron a besarlo en las mejillas. El primero fue su hijo Sa?adi, presidente de la Federación Libia de Fútbol (y antiguo jugador en la liga italiana hasta que dio positivo por nandrolona). Iba vestido de militar, preparado para interpretar el último acto de esta tragedia macabra.
«Libia está destinada a gobernar el mundo», llegó
a decir Gadafi