Igual que en 1989

Leoncio González

INTERNACIONAL

Si nos fijamos en la cronología tan solo, Hosni Mubarak no es el primer dictador árabe que abandona el poder forzado por su pueblo, ya que hace unas semanas el tunecino Ben Alí pasó también por un trance semejante. Pero la influencia que ejerce Egipto sobre el mundo árabe, su importancia demográfica, la mayor complejidad de su Estado y, sobre todo, su privilegiada posición estratégica en Oriente Medio, hacen de la marcha del rais un acontecimiento inaugural, de resonancia superior. Hay que retroceder al mes de abril de 1989, cuando el general Jaruzelski se sentó a negociar la fecha de las elecciones en Polonia con el sindicato Solidaridad, para dar con un momento de relevancia histórica similar.

Entonces, la revolución que lideraba Lech Walesa marcó la pauta que debía seguir la Europa del Este para sacudirse la dominación del imperio soviético. Ahora, las movilizaciones del pueblo egipcio trasladan una lección equivalente a los países del entorno: con un ansia de libertad que ha sido más fuerte que las diferencias de todo tipo que los separan, los manifestantes de El Cairo han puesto fecha de caducidad a un principio de organización del poder de ribetes medievales, ampliamente extendido por la región, que se basa en la exclusión política y el sometimiento de la mayor parte de la población.

Es posible que la pregunta de cuál será el próximo no sea ya una boutade. La onda expansiva que sale de la plaza Tahrir está llamada a poner en marcha un reloj difícil de detener y que, con toda probabilidad, obligará a monarcas absolutistas y autócratas de la región a idear soluciones más imaginativas que comprar material antidisturbios en Francia. Argelinos, marroquíes o libios, por citar solo a los países del norte de África, no querrán ser menos que sus vecinos y exigirán fórmulas de convivencia más pluralistas y participativas que las que ahora tienen, especialmente si notan que los cambios en Egipto y Túnez rescatan a sus habitantes de la miseria que ahora soportan.

Esto haría inevitable el contagio. La mayor amenaza para el proceso que se abre a partir de ahora no proviene tan solo de lo que más preocupa en Occidente, la tentación que puede acometer a los islamistas de imponer una dictadura basada en la sharia si ganan las elecciones, sino de la competencia con que los sucesores de Mubarak piloten la economía y mejoren las condiciones de vida en un plazo razonablemente corto. Pasada la euforia inicial, los egipcios querrán apreciar mejoras. No se resignarán a que la marcha del faraón no se traduzca en avances materiales.

No está garantizado un desenlace feliz y, en el mejor de los casos, será laborioso alcanzarlo. Pero si al final se demuestra que, además de para votar, la democracia sirve también para progresar, entonces la historia se puede acelerar. El mapa político de la ribera sur del Mediterráneo podría tener tanto que ver dentro de unos años con el que hoy conocemos como el de la Europa poscomunista con el de la que giraba antes alrededor de Moscú.