Ben Alí convirtió Túnez en el niño mimado del Magreb y su población se benefició de ello, pero será recordado por la rapacidad de su corrupta camarilla
15 ene 2011 . Actualizado a las 02:00 h.A Zine el Abidine Ben Alí lo sucedido ayer debió resultarle familiar. Le habrá traído recuerdos ver como su primer ministro, y nuevo hombre fuerte, Mohamed Ghanuchi, le comunicaba que a partir de ese momento iba a sustituirle. El propio Ben Alí llegó al poder así. En 1987, fue él el primer ministro que le anunció a Habib Burguiba que sus servicios ya no eran necesarios. Los golpes de Estado tienen esa tendencia a repetirse.
En aquella ocasión, para asegurarse, Ben Alí declaró senil a su antecesor, pero esta vez no se ha considerado necesario recurrir a la ciencia para poner fin a veintitrés años de dictadura más o menos ilustrada, paternalismo y corrupción. Cierto que Ben Alí no inventó ninguna de esas cosas, se limitó a heredarlas de su antecesor y refinarlas algo. Su distanciamiento del socialismo de pacotilla que decía practicar Burguiba le ayudó a ganarse el apoyo de Occidente, mientras que su neutralidad en los asuntos interárabes le permitió alojar la sede de la Liga Árabe cuando esta tuvo que dejar el Egipto de Sadat.
Esto convirtió a Túnez en el mimado niño mandón del Magreb. En París, Madrid y Washington, a Ben Alí se le veía como un líder tiránico pero con un buen sastre, un enemigo de los islamistas que comía jamón y bebía alcohol en televisión, y ponía además barberos escoltados por policías para afeitar a la fuerza a los viandantes (señal de posible islamismo, la barba estuvo prohibida durante años). Al fin y al cabo, se decía, el presidente se había formado en la laica Francia.
Para ser más exactos, donde se había formado Ben Alí era en una escuela militar francesa, y esto también se notaba: Llegado al poder a través del pegajoso mundo de los servicios de inteligencia y seguridad, la especialidad de Ben Alí fue siempre precisamente la represión de manifestantes. Por eso tiene su punto de ironía que hayan sido unas protestas populares las que al final le hayan desalojado. Senil quizá no, pero está claro que Ben Alí ya no tiene la mano de hace unos años, cuando aplastó sin piedad en los ochenta los disturbios por el precio de los alimentos (el mismo problema que ahora).
Con todo, retratar a Ben Alí simplemente como un tirano, sin ser injusto, sería inexacto, porque la suya fue una «dictablanda» con algunos logros: la educación de las mujeres y una cierta liberalización de costumbres, en gran parte a caballo del turismo. Por otra liberalización, la económica, recibió el título algo inquietante de «mejor alumno del Fondo Monetario Internacional», y Túnez el mote bastante exagerado de «dragón económico norteafricano». Pero es difícil contar esto entre los éxitos cuando el régimen ha caído por el precio del pan.
La rapacidad
En todo caso, y como suele suceder con los líderes autoritarios que logran vivir una larga vida, a Ben Alí se le recordará, más que por la brutalidad, por la corrupción, por la rapacidad de su camarilla, en la que destacaba su mujer, Leila, la «regente de Cartago». Caprichosa, feroz con sus enemigos y generosa consigo misma, su hobby de compradora compulsiva de joyas le ha ganado un lugar destacado incluso en Wikileaks.
Su vida cambiará poco en el exilio dorado que espera a la pareja, en Francia, Libia o Malta. Más cambiará para su marido. Por lo pronto, ya ha perdido el título que le habían otorgado sus súbditos, haciendo un juego de palabras: Ben a vie , el presidente para toda la vida.