La explosión de un movimiento violento de contestación ilustra el actual estado de cosas en Túnez, un país que jugó la baza del aperturismo económico y la modernidad social, al tiempo que en lo político se mantuvo impermeable al cambio. Autoritarismo, férreo control de Estado, ausencia de libertades, omnipresencia del todopoderoso RCD, partido único de facto, y la reconducción al frente del país durante cinco legislaturas consecutivas de Zine El Abidine Ben Alí denotan el inmovilismo del régimen. El impacto de la crisis financiera internacional, el agotamiento del modelo económico y el paro, junto con la corrupción y la patrimonialización en la familia del presidente de los resortes del poder han hecho aflorar las protestas a mediados de diciembre.
Asistimos a un movimiento reivindicativo eminentemente interior, en un sentido geográfico. Las protestas suceden en Kaserín, no en Susa. Se han sublevado las provincias del centro, alejadas de los réditos del turismo y de la prosperidad de la costa, donde los dividendos del progreso están peor redistribuidos y la ausencia de perspectivas es palmaria. Además, son las clases medias las que se han rebelado. Confrontadas a un fuerte sentimiento de injusticia, la crisis es un golpe muy duro para familias que, habiendo podido enviar a sus hijos a la universidad, se encuentran abocadas al paro. Sin perspectivas en el país, erigida Europa en una fortaleza contra la inmigración y sin canales válidos de intermediación ante las autoridades, la movilización aparece como la única alternativa de cambio real.
La inacción del RCD, que cuenta con 2,2 millones de afiliados (más de uno de cada cuatro tunecinos adultos), y la negativa del Ejército a intervenir para sofocar las revueltas, hacen pensar que la élite dirigente se prepara para un cambio en la cúspide del Estado. La actual semeja la atmósfera de final de reino de Habib Burguiba, enfermo y debilitado, siendo una sombra del visionario que construyó el Túnez moderno, encerrado en su palacio de Cartago. Burguiba tuvo que afrontar graves problemas sociales. No sabiendo conservar el apoyo de la incipiente clase media, fue finalmente víctima de su entorno y derrocado por uno de sus delfines, Zine El Abidine Ben Alí. Como advirtió aquel don Fabrizio, el Gatopardo de Lampedusa, «algo debe cambiar para que todo siga igual».