Una duplicidad sin función

Leoncio González REDACCIÓN/LA VOZ.

INTERNACIONAL

Bélgica ha sido incapaz de formar gobierno y ha tenido que ir tirando con uno en funciones durante el semestre de su presidencia europea, pero a nadie se le ocurre ver en ello la causa de los males que aquejaron a la Unión en ese período. Pues lo mismo es de aplicación a Hungría. Hiere la sensibilidad que el país encargado de llevar el timón de la eurozona en un momento de tanta turbulencia no esté dentro de la moneda única, pero, al lado de las borrascas que se ciernen sobre esta, no tiene siquiera la categoría de problema. Es mérito de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa que, al crear el cargo que ahora ejerce el belga Van Rompuy, vació el contenido de las presidencias rotatorias y, en consecuencia, hizo menos vulnerable a la Unión ante las complicaciones que presentaban algunas de ellas. Como demuestran las dos que hubo este año, ahora se las aparta del puente de mando o no se las tiene en cuenta si no entroncan con lo que quieren la mayoría o los más poderosos sin que crujan las cuadernas. Ello ahorra disfunciones flagrantes, como la que se produjo el año pasado durante la presidencia checa, cuando se dio la circunstancia de que el país que estaba al mando de la UE alentaba al mismo tiempo una rebelión euroescéptica que a punto estuvo de bloquear el avance general. Pero, a la vez, trae a primer plano una duplicidad que hace más intrincada la arquitectura de la Unión sin que sirva a los fines originales para los que se creó. Teóricamente, las presidencias rotatorias nacieron para favorecer el europeísmo de los socios. Su sentido era dar cabida a las sensibilidades de cada uno y canalizar las aportaciones nacionales para, así, extender un sentimiento de inclusión y pertenencia de todos los países al proyecto común. Pero si, como se deduce del caso de Hungría y el euro, ya no tienen la posibilidad de decir nada sobre los problemas más acuciantes; si solo les queda la posibilidad de intervenir en cuestiones menores, se despiden de su función. El cinismo permite a los Gobiernos salvar luego las apariencias con campañas de márketing que los presentan como campeones de la Unión en sus países. Para el objetivo que se buscaba poniéndolos al frente, que era eliminar la distancia que separa a los ciudadanos de la EU, habrá que pensar en fórmulas mejores.