Bush, «disidente» de la guerra de Irak

El ex presidente de Estados Unidos saca hoy al mercado «Decisions Points», una autobiografía sobre sus ocho años como el hombre más poderoso del mundo


nueva york/la voz.

Si hubiera que resumir la vida de George W. Bush basándose en los relatos que cuenta en su autobiografía los títulos podrían resultar tan variados como contradictorios: «Bush, el pacifista». «Bush, el torturador» o, incluso, «Bush, el hombre que quiso reinar y no pudo».

Sus memorias salen hoy a la venta en EE.?UU. con un título de leyenda, Decisions Points (Puntos de decisión) y un precio popular: 39 dólares. Es barato si se tienen en cuenta las múltiples perlas que el ex presidente regala a los lectores, empezando por su supuesta defensa del pacifismo en la guerra de Irak.

Y es que, según aseguró durante una entrevista en la NBC, él fue una de las pocas voces de su Gobierno que se mostraron en contra de la guerra de Irak.

«Yo era una voz disidente. No quería usar la fuerza», dijo, e incluso confesó que «el día que me enteré que no había armas de destrucción masiva en Irak llegué a sentir náuseas». Sin embargo, sigue creyendo que el mundo está mejor sin Sadam.

Pero para quienes piensen que las autobiografía de Bush supone un tratado sobre la redención, el volumen puede suponer una enorme decepción. Es más, de todas las decisiones que tomó durante su mandato, solo se arrepiente de dos. El día en que, tras el desastre del Katrina , se dejó fotografiar mirando por la ventanilla del avión, y cuando, arrastrado por el entusiasmo, declaró a bordo de un portaviones el fin de la guerra de Irak, apenas unas semanas después de la invasión.

Del resto de su legado, Bush no solo se muestra orgulloso sino que incluso se niega a pedir perdón. Reconoce que fue él personalmente quien autorizó el uso de la tortura contra el líder del ataque a las Torres Gemelas, Jalid Sheikh Mohamed, y otros terroristas, decisión que en su opinión «ayudó a salvar muchas vidas» al evitar ataques a sedes diplomáticas norteamericanas en el extranjero, el aeropuerto de Heathrow y Canary Wharf, en Londres, y otros objetivos en EE.?UU.». Y se erige en el poder que autorizó el suplicio de la inmersión, conocido como submarino, condenado por las convenciones de Ginebra.

«No me importa qué opinión puedan tener de mí los ingleses. Y sinceramente, tampoco me importaba entonces», señala.

Atacar Irán y Siria

En otro párrafo confirma que durante un tiempo se planteó atacar los arsenales nucleares de Irán y Siria, a petición del Gobierno israelí. «Ordené al Pentágono que estudiase qué sería necesario para atacar Irán y poder detener el reloj de la bomba nuclear, o al menos hacerlo temporalmente», confiesa el ex presidente. Al final, asegura, no lo hizo para evitar más tensión en Oriente Medio.

El antiguo ocupante de la Casa Blanca reserva también un espacio en su libro para los elogios y el agradecimiento, como los que le dedica al ex primer ministro británico Tony Blair, de quien dice que «fue un estupendo colaborador». De Obama dice admirarlo por su determinación de seguir con la guerra de Afganistán.

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