Los Países Bajos se rebajan más

Leoncio González REDACCIÓN/LA VOZ.

INTERNACIONAL

El extremista Geert Wilders se convierte en el árbitro de la política holandesa

17 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Se conoce como modelo danés y consiste en que el partido de ultraderecha no entra en un gobierno de coalición con el grupo conservador más votado sino que lo apoya desde el Parlamento. Se convierte de este modo en el árbitro privilegiado de la situación. Consigue que se lleven a cabo las medidas de su programa xenófobo en contrapartida por sus votos y puede retirar su respaldo si no se plasman al ritmo o con la amplitud que desea. Pero, sobre todo, no paga ningún precio. No se ve obligado a moderar sus posturas más radicales ante las numerosas servidumbres que impone la gestión ni a compartir el desgaste del Gobierno, del que se puede separar en cuanto le convenga.

Es lo que acaba de ocurrir en Holanda, donde liberales y democristianos han cerrado un trato con el extremista Geert Wilders que les permitirá gobernar a cambio de asumir parte de su ideario antiislámico, y es lo que podría acabar ocurriendo en Suecia si Fredrik Reinfeldt no consigue apoyos suficientes en la Cámara de otro modo. Puesto en la tesitura de perder el poder o alcanzar un pacto con los Demócratas Suecos de Akesson, será improbable que no opte por esto último aunque deba taparse las narices.

¿Significa que se están tirando por la borda algunas lecciones de la historia europea del siglo XX que no debieran olvidarse jamás? Si este tipo de enjuagues proliferan es que se están normalizando y si se normalizan es, ante todo, por la irrelevancia de las reacciones de repulsa a que dan lugar. Parece como si la colaboración con grupos claramente extremistas hubiese dejado de escandalizar a gran parte de la opinión pública que, quizá porque sus miembros no llevan esvásticas, ni visten camisas negras ni queman libros y dicen hablar en nombre de la libertad, ha dejado de verlos como un peligro especial para la convivencia democrática.

No es el único motivo que hace asumibles para los partidos de centro y derecha los costes de imagen que entraña asociarse con ellos ya que, además, existe la creencia de que es preferible que los ultras respalden al Gobierno desde los asientos del legislativo a que formen parte de él, como ocurrió en Austria al principio de esta década, cuando Wolfgang Schüssel dio cabida en su Gabinete al filonazi Jörg Haider. Esto sí que es realmente arriesgado e intolerable, viene a decirse. Mientras no se traspase esa línea roja, no se hace ninguna concesión esencial y no hay de qué preocuparse.

Pero como demuestra Ian Buruma, el autor de Asesinato en Ámsterdam , el mejor libro sobre la muerte del cineasta Theo van Gogh, y por tanto alguien que sabe de esto, es un error tremendo. Pese a lo que parece, sostiene, la experiencia austríaca demuestra que el encargarse de tareas ejecutivas obliga a los ultras a mostrar una competencia técnica que a menudo no tienen, lo que los desenmascara ante el electorado y le proporciona a este la opción de enjuiciarlos con conocimiento de causa en una nueva convocatoria.

En cambio, añade, el tipo de pacto vergonzante del modelo danés hace que aumente su cuota de poder al tiempo que los libera de responsabilidad. Les permite influir en la agenda mientras camufla su verdadera talla. Una vez que se ha dado el paso de aliarse con ellos habría que cederles la menor cantidad de bazas posible, pero dejar la estabilidad de la legislatura en sus manos abre la vía para que no se les pueda decir que no a muchas cosas.