En México, la violencia de la droga es celosa. Requiere una atención permanente y le roba protagonismo a todo. También a las elecciones que se celebran hoy y que, desgraciadamente, se teme que estarán salpicadas de malas muertes.
Los carteles ya votaron anticipadamente, asesinando al candidato gubernamental Rodolfo Torre en Tamaulipas. Pero en el fondo, y por mucho que se quiera leer una estrategia en este crimen, no parece que vaya más allá de lo obvio: el exhibicionismo, el deseo de humillar al Estado de derecho. Contra lo que se ha dicho, Torre no tenía muchas posibilidades. Habrá que ver si su muerte se las dará a su hermano, que lo sustituye como candidato. Los observadores se temen que no.
Al margen de la violencia, las elecciones podrían marcar la resurrección del PRI, el Partido Revolucionario Institucional que dejó de ser revolucionario hace muchas décadas e institucional hace una. Las encuestas predicen una victoria de esta formación en los doce Estados en liza (casi la mitad de los que tiene México). Pero también es cierto que el PRI controlaba ya nueve de esas doce circunscripciones.
Estancado
Si se observan con detenimiento los resultados electorales de los últimos años, de hecho, el PRI ha permanecido estancado. Su regreso, si se produce, será más bien por la crisis de los otros dos grandes partidos. A su derecha, el PAN sufre un continuo desgaste por su incapacidad para ganarle la guerra a los narcos. A su izquierda, el PRD vuelve a enzarzarse en luchas intestinas entre radicales y moderados.
Frente a estas carencias, el PRI ofrece a los mexicanos algo que, dolorosamente, muchos han llegado a desear: el inmovilismo, entendido como un triste sucedáneo de la estabilidad. Y el PRI es el gran experto en esa forma de gobernar por la que muchos mexicanos sienten ahora nostalgia.
La corrupción les ha llegado a parecer más aceptable que los 23.000 asesinados desde que gobierna el PAN. Esperan del PRI un regreso a la tolerancia con el crimen organizado que termine con esta guerra abierta. Se trataría, en definitiva, de la aceptación pesimista de que nadie sabe cómo acabar con la tragedia nacional del crimen.