El orgullo herido de los ingleses y los bombones de Isabel II

X.?V.

INTERNACIONAL

Los años locos que vivió el mundo financiero antes de la crisis han tenido otra consecuencia quizá menos grave, pero más punzante para el orgullo inglés: la compra por firmas foráneas de algunas de sus empresas más emblemáticas. La más dolorosa por su simbolismo fue la adquisición de Cadbury por la estadounidense Kraft. El cuáquero John Cadbury fundó la compañía en 1824 en Birmingham como una modesta tienda de chocolates, que fue creciendo hasta convertirse en un imperio con 45.000 empleados en 60 países, 4.500 de ellos en el Reino Unido. La firma es un símbolo de la ciudad y es famosa por suministrar a la familia real. La dirección de Cadbury se resistió meses al intento de compra, pero el 19 de enero accedió a una oferta por valor de 11,5 millardos de libras. Kraft tuvo que endeudarse en 7 millardos para pagar esa cantidad, lo que levantó temores aún no disipados sobre el futuro de miles de empleos. Los principales ganadores fueron Irene Rosenfeld, responsable de Kraft; y su homólogo de Cadbury, Todd Stitzer. Ella recibió un aumento de sueldo del 40%, hasta 17 millones de libras por año, y él se fue a casa con 40 millones entre sueldo, pensión y acciones en la empresa.