El dinero devuelve la vida a Puerto Príncipe

Mercedes Gallego

INTERNACIONAL

«Money». El haitiano lo ha pedido con un empujón que casi tira a esta corresponsal de la moto, y por si no se entiende lo que pide frota los dedos para hacer el gesto del dinero. Es una novedad. Durante una semana la gente de la calle solo pedía agua y comida. Después de siete días al sol con los brazos cruzados, trabajo. Y ahora que la vida se abre paso en las calles, dinero. La reapertura hoy de los bancos en provincia y mañana en la capital avivará esta llama de normalización.

Dinero para comprar lo que se vende en las aceras, que no es poco: cocos, pimientos, tomates, cebollas, ajos. Cualquier cosa que se pueda comprar en las montañas, a dos horas de la capital, a precios tan hinchados como los muertos que se apilan en las fosas comunes cerca de los cementerios.

Poco a poco, el bullicio vuelve a las calles. Ayer los limpiabotas sacaban brillo a los zapatos, los barberos rejuvenecían los rostros cansados y rapaban cabezas para mantener a raya los piojos. Sobre las verjas colgaban trajes de chaqueta y en las mantas se exhibían hasta gafas de sol, amén de bienes de primera necesidad: papel higiénico para las primeras letrinas, pasta de dientes para tapar la nariz, velas que espanten los fantasmas de la noche.

Precios de guerra

Son precios de guerra, 14 dólares por una salchicha en el hotel donde acampan los periodistas, un dólar por naranja en la calle. «Son circunstancias difíciles», justifica Annette, una de las vendedoras. «Esto es todo lo que me queda», dice señalando con una mirada lánguida lo que vende en su manta. Es todo lo que ha podido recuperar de su tienda después de días escarbando entre los cascotes. «Mi casa también está destruida, ahora vivo aquí».

Se refiere al parque de Campos de Marte que decenas de miles de personas llaman hogar. Ha pasado el choque inicial que los dejó aturdidos al sol, sentados durante días sobre sus propios excrementos sin saber qué hacer. Ayer las mujeres empuñaban cepillos para empujar la basura hasta el asfalto, donde los perros buscaban comida entre los montículos hediondos. Olía también a pollo frito y arroz con frijoles. Vuelve la vida.