Otro seísmo termina de arruinar Haití

Javier Otazu / Beatriz Lecumberri

INTERNACIONAL

Miles de habitantes de Puerto Príncipe intentan escapar por mar a zonas de la isla menos devastadas

21 ene 2010 . Actualizado a las 11:23 h.

Un nuevo seísmo de magnitud 6,1 sacudió ayer el oeste de Haití, incluida la capital, sin que parezca haber causado nuevas víctimas aunque sí más daños materiales, mientras la desesperación cunde entre la población tras ocho días a la intemperie y en muchos casos sin alimentos. Eran las 6.03 horas justo antes del amanecer, cuando un ruido sordo despertó a los que dormían y el suelo y las paredes comenzaron a temblar. Las pocas personas que se atreven a dormir bajo techo salieron huyendo a zonas abiertas, algunos semidesnudos, con el corazón en un puño.

La mayor parte de los haitianos se han quedado sin casa o con las viviendas llenas de grietas y fisuras, y duermen en espacios abiertos como jardines, patios y plazas, por lo que las casas y muros que crujieron antes de caer no alcanzaron a nadie debajo, según los distintos testimonios recabados. «Aquellas casas que no habían caído del todo, ya se terminaron de caer», cuenta Moise Petervil.

«Estaba comiendo y tembló muy fuerte», indicó Sylliona Gyna, una joven embarazada de nueve meses. «Todo el mundo sabe que esto no ha terminado. Para mí todo el mundo va a perecer. Es la naturaleza. No es Dios, Dios no es malo». «Dios quiere destruir a todos los haitianos porque son malvados, porque están malditos», asegura en cambio Eleude Joseph, una madre de dos niños visiblemente asustada.

El nuevo temblor, la réplica más fuerte de las registradas tras el grave seísmo del pasado 12 de enero, que ya ha dejado 75.000 muertos y millón y medio de personas sin techo, ha puesto todavía más al desnudo la desesperación de los haitianos. El puerto de la capital se encontraba ayer atestado de gente que lo ha perdido todo en espera de un barco para ir hacia la población de Jérémie, en el noroeste, que ha resultado menos dañada. El último barco hacia esa localidad salió el martes con 700 pasajeros y no ha regresado por falta de combustible. Esperándolo se han quedado miles de personas con hatillos donde guardan todos sus enseres.

«Aquí llevo cinco días, no pude entrar en los otros barcos que salieron repletos. No he comido nada desde entonces, solo nos han dado algo de agua», dice Nadej, una mujer de 30 años que está sentada sobre tres bolsones donde guarda las pertenencias que le quedan. Otras personas, desesperadas, han ocupado dos viejos barcos que acumulaban óxido y han convertido las dos naves en sus casas en espera de que alguien las realoje.

La distribución de alimentos, que también se desarrolla con lentitud exasperante debido a las preocupaciones de seguridad, se ha convertido en la cuestión más criticada de la ONU y sus agencias en Haití.

Al filo del mediodía, una muchedumbre de cientos de jóvenes se acercaron a las cocinas de las que salen cada día miles de raciones en camiones que las reparten por la ciudad. El reducido contingente peruano de la ONU, que resguarda las instalaciones, se vio ante una inesperada manifestación de muchachos airados que exigían pasar a las cocinas para servirse de comer.

«Co-mi-da, A-yu-da», gritaban en español a los peruanos, visiblemente desbordados. Según un miembro del contingente, grupos de jóvenes ya han atracado a los camiones y a los chóferes que reparten la ayuda.