La obligada revisión de una estrategia

Gabriele Chwallek

INTERNACIONAL

Barack Obama no estaba ayer para muchas celebraciones. Justo en su primer aniversario los votantes de Massachusetts le dan la espalda. Y quien dudase sobre si el segundo año en el Despacho Oval iba a ser duro para Obama, ahora debería tenerlo claro: va a ser más complicado.

El haber perdido la supermayoría en el Senado, le obliga a pensar en nuevas estrategias, para no quedarse con las manos completamente atadas en el Congreso. Y ninguna de las fórmulas para una solución le resultan atractivas, pues escoja lo que escoja, tendrá que mostrar mayor disposición al compromiso con los republicanos o de lo contrario le queda la vía de la confrontación para mantener sus principios. Obama queda entre dos aguas.

Se veía venir que a la demócrata Martha Coakley le venía demasiado grande esta candidatura y que la campaña electoral fue miserable. Pero las razones para el desastre electoral son de calado más hondo. «Obama y su partido no entienden lo que está ocurriendo en el país», aseguró Andrew Card, jefe de gabinete en la presidencia de George W. Bush. Y podría tener razón.

Fin de la luna de miel

Ya antes de la derrota en Massachusetts hubo muchos indicios de que la luna de miel había acabado desde hace tiempo para Obama y los demócratas. La creciente insatisfacción con la situación económica y la elevada tasa de desempleo, el enojo por el dinero para rescatar a los bancos y sus codiciosos caciques o el temor a las intervenciones estatales también en el sistema sanitario. Y todo ello se reflejaba no solo en una pérdida de popularidad de Obama. En noviembre pasado perdieron dos importantes elecciones en Nueva Jersey y Virginia a manos de los republicanos, cuya autoestima creció de forma meteórica.

A Obama y a los demócratas no les queda mucho tiempo para profundas reflexiones sobre los motivos e intensos debates sobre estrategias, y menos para echarse las culpas. En noviembre se celebrarán las elecciones para el Congreso y el partido en el Gobierno suele «sangrar» en estos comicios a mitad de mandato, dos años después (y antes) de las elecciones presidenciales. Y tras la derrota del martes, es de esperar una «sangría».