La vida es un riesgo continuo. Nadie puede sentirse completamente a salvo, porque las amenazas nos acechan, aunque no seamos conscientes de ellas. Salvo cuando los medios de comunicación nos asaltan con el espectáculo de las pequeñas o grandes tragedias. Entonces nos invaden todo tipo de temores. Y esos miedos difusos se convierten en la mayor de las amenazas. La consecuencia suele ser la búsqueda gregaria y un tanto histérica de una seguridad imposible en la que estamos dispuestos a sacrificar cualquier cosa, incluida la libertad y hasta nuestra dignidad.
Esto explica que amplios sectores ciudadanos asuman con cierta naturalidad que algunos Gobiernos pretendan desnudarnos virtualmente en los aeropuertos. Es solo una forma demagógica de dar una respuesta aparente a un problema cierto, el del terrorismo. Pero no efectiva. Porque, cuando alguien logre burlar esta barrera, ¿cuál será el siguiente paso? ¿Desnudarnos físicamente? ¿O, simplemente, impedirnos volar? Porque no se puede dejar de vivir por miedo, precisamente, a los riesgos de vivir.