Ideas erróneas sobre Obama

David Mathieson

INTERNACIONAL

Cuando el Air Force One despegó de Copenhague se llevó algo más que un Obama listo para sus vacaciones en Hawái. También portaba con él las ilusiones de aquellos que esperaban que fuera capaz de obrar un milagro y solucionar el reto del calentamiento global. Enfrentado con una China recalcitrante y la resistencia de los congresistas en Washington, Obama optó por un acuerdo de mínimos; y la decepción ha sido palpable. Pero esa desilusión también es el resultado de ideas erróneas sobre el poder del presidente de EE.?UU. en general, y de la presidencia de Obama en particular.

La famosa pregunta que se atribuye a Kissinger («¿A quién llamo cuando quiero hablar con Europa?») permite una doble lectura: primera, que la UE está dividida (lo que es verdad); y, segunda, que el inquilino de la Casa Blanca es la voz única de EE.?UU. en el ámbito internacional (lo que es falso). En realidad, los poderes del Ejecutivo de EE.?UU. son bastante limitados. Con frecuencia las decisiones del presidente dependen de la aprobación del Congreso; y la voluntad de los legisladores depende a su vez de muchos factores. Los tratados constituyen un caso elocuente: el presidente puede firmar lo que le dé la gana, pero que el Congreso lo ratifique es otra cosa.

Obama sí cree que el calentamiento global constituye una amenaza para los países más pobres. Sabe que la sequía en lugares como Kenia, donde viven parientes suyos, es un desafío para la estabilidad institucional y, como consecuencia, para la seguridad de EE.?UU. Ha nombrado al físico y premio Nobel Stephen Chu como secretario de Estado de energía, pero tiene las manos atadas por el Congreso. Porque puede que el presidente norteamericano sea el hombre más poderoso del mundo, pero no necesariamente en el Capitolio.

Para Obama, esta verdad adquiere relevancia especial estos días. Aunque los demócratas disfrutan de mayoría en ambas Cámaras, Obama no es su líder. Los demócratas conservadores del sur, conocidos como «perros azules», son muy independientes. Muchos se oponen al programa desplegado por Obama para rescatar la economía de la crisis. Y el debate para convencerlos de que apoyen la reforma del sistema de sanidad dará material para un montón de tesis doctorales. Esta reforma fue un elemento central de la campaña de Obama, pero, como es sabido, se trata una medida controvertida (sus predecesores fracasaron en el intento) y su éxito no está garantizado. La polémica sobre el cambio sanitario y las condiciones económicas han ejercido un desgaste importante sobre la popularidad de Obama. De ahí que su equipo no esté dispuesto a abrir otro frente más.

Muchos congresistas tienen que presentarse en las elecciones para el Congreso en noviembre del 2010. Con la economía todavía débil y un nivel de paro elevado, no parecen tener ganas de explicar a sus electores por qué van a apoyar medidas que van a añadir más gasto al país. Durante años, algunos republicanos han repetido que los controles medioambientales responden a un complot europeo para paralizar la competitividad de EE.?UU. Así que, a la luz de las resistencias de China para aceptar objetivos concretos, había pocas probabilidades de que Obama fuera a ser generoso esta vez.