El disidente y guía de opositores

La Voz

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Hoseín Alí Montazeri nació en 1922 en Nayafabad, a las afueras de Isfahán, en el seno de una familia de extracción humilde. Fue enviado al seminario de niño y llegó a convertirse en una eminencia religiosa. Alcanzó la distinción de gran ayatolá, algo reservado a apenas una docena de figuras religiosas chiíes en todo el mundo. Fue, junto con Jomeini, uno de los principales valedores del establecimiento de una república islámica en Irán.

Cuando las fuerzas de seguridad del Sha encarcelaron a Jomeini en los años sesenta, Montazeri organizó varias protestas públicas que le valieron varias detenciones y torturas. Una vez que Jomeini marchó al exilio, primero a Irak y más tarde a Francia, se convirtió en su representante. A su regreso triunfal con la revolución de 1979, nadie se sorprendió de que lo nombrara sucesor.

División de poder

De todas formas, enseguida fue marginado del poder por sus opiniones contrarias al Gobierno de los clérigos. Montazeri siempre mantuvo que el poder político debía mantenerse al margen del poder religioso, algo que incomodó al propio Jomeini, que se convirtió en líder supremo de la revolución hasta su muerte en 1989. Tampoco su defensa de los derechos humanos fue bien vista por unos dirigentes que no dudaban en cortar cuanta cabeza cuestionara su poder.

Los últimos años de Montazeri se caracterizaron por un férreo enfrentamiento al presidente Mahmud Ahmadineyad, contra quien dictó una fetua tras las controvertidas elecciones del pasado verano. En su edicto, el gran ayatolá acusó al presidente de amañar el resultado. Este gesto lo convirtió en un verdadero guía espiritual para la oposición reformista, que aún lucha en las calles del país por un cambio político.