Un día sin Il Cavaliere y los restantes 364 con él

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

«Es una iniciativa apolítica convocada por Internet» proclamaban, orgullosos, los organizadores del Día Sin Berlusconi, la manifestación que reunió ayer a los que se oponen al primer ministro italiano. Las televisiones, ignorando la hemeroteca, lo declaraban un antes y un después, lo nunca visto.

No lo es. Manifestaciones contra Berlusconi las ha habido a cientos, casi siempre éxitos de convocatoria que luego no se reflejan en las urnas. ¿Por qué? Quizás precisamente por eso: porque suelen ser «iniciativas apolíticas convocadas por Internet». Y Berlusconi es un político cuyo cargo depende del voto en urna, no de los clics en Facebook. Ni siquiera de las manifestaciones en las que quienes se oponen al primer ministro por su ideología se mezclan con aquellos a quienes simplemente les disgusta Tele 5. Esa oposición es una «realidad virtual» que se deshace al tocar la urna porque un voto no se construye solo con fobias, necesita de filias.

El fenómeno Berlusconi medró precisamente en ese contexto de la no política, de la opinión pública como sustituto de la democracia. Medida de su éxito es que hasta sus oponentes creen que para vencerle basta con crear una «realidad virtual» que le excluya: un mundo sin Berlusconi, un día sin Berlusconi. La idea es ingenua, por no decir patética. En la manifestación de ayer un hombre y una mujer iban dando paso a los cantantes y a los oradores, y lo hacían con los tics y las maneras de presentadores de televisión. De la televisión de Berlusconi. Puestos a hacer de Berlusconi, nadie va a ganar al propio Berlusconi.

Por eso el Partito Democrático, la mayor fuerza de la oposición, no quiso asistir, convencido de que el antiberlusconismo es el combustible que alimenta el berlusconismo, que la obsesión con el Berlusconi machista o el Berlusconi corrupto es lo que ha impedido la construcción de una alternativa política en Italia.

Han tardado años, pero finalmente creen haber comprendido que el apoliticismo no es lo que puede acabar con Berlusconi. Y no puede porque es, simplemente, la ideología de Berlusconi.