«Con un pasado del que no se pueden sentir orgullosos y un futuro sin promesas, muchos caen en la tentación de convertir el presente en un escenario de violencia y transforman sus cuerpos en armas, como si fuera el único horizonte que les quedara fuera obtener la salvación escatológica», afirma.
-Los atentados de Al Qaida se han reducido drásticamente en Occidente, pero continúan a gran escala en Pakistán, Irak y Afganistán.
-Hay un repliegue a esas zonas. No creo que Al Qaida haya desaparecido, al contrario, sigue existiendo una estructura de funcionamiento, con sus mandos y su jerarquía, pero siempre ha sido y sigue siendo minúscula, que se niega a convertirse en una organización de masas. Para Al Qaida no se trata de transformar la sociedad a través de la revolución, sino de liberar al mundo mediante el sacrificio del propio cuerpo. Lo que sucede es que se ha convertido en la referencia de un movimiento contestatario, porque los que se dicen de Al Qaida y los que adoptan sus modos de acción son cada vez más numerosos. Digamos que domina sin dar órdenes.
-¿Obama puede ser un antídoto a la expansión del terrorismo islamista?
-No estoy muy seguro. Obama goza de prestigio, incluso en el mundo árabe, pero no en absoluto en Pakistán. Y creo que dispone de muy poco tiempo, como mucho un año y medio o dos, en el que tendrá que lograr que cambie algo significativo, por ejemplo resolver el conflicto israelo-palestino o resultados en las negociaciones con Irán, porque si no hace nada va a desgastarse y será un nuevo Bill Clinton.
-¿Puede haber una guerra civil en Irak cuando se vayan los estadounidenses?
-Es muy difícil de predecir, pero las dinámicas de la violencia están ahí y son dobles. Primero, existe un conflicto entre suníes y chiíes, que se ha agravado mucho durante la ocupación americana. La segunda dinámica es la fragmentación interna en cada comunidad, que no están ni mucho menos unidas. La situación es explosiva.