El belga que sacó a su país del caos

Juan Oliver

INTERNACIONAL

El nuevo presidente de la Unión Europea es un líder discreto, dialogante y eficaz

20 nov 2009 . Actualizado a las 12:18 h.

Sus compatriotas tienen verdadero pánico a que Herman Van Rompuy deje su despacho en el número 16 de la calle de la Ley, en Bruselas, porque este político democristiano ha sido el único capaz de mantener dentro de un orden el caos sociopolítico en el que viven instalados los belgas desde hace años. Conservador flamenco, casado y con cuatro hijos, llegó a primer ministro hace un año sin elecciones de por medio, tras la dimisión de su correligionario Yves Leterme, quien las había ganado pero quien no pudo ejecutar la reforma constitucional que había prometido. Van Rompuy, que presidía por entonces el Parlamento Federal, logró armar un Gobierno de concertación nacional, que ha durado más que los de Leterme, por ruego expreso del rey belga Alberto II. En su Ejecutivo logró agrupar a los líderes de los partidos flamencos y valones más representativos, para poner fin, aunque fuera de manera temporal, a la inercia que parecía llevar al país a la escisión política de las dos comunidades que lo habitan. Economista y experto en asuntos europeos, a Van Rompuy se le atribuye precisamente un carácter dialogante, discreto y tremendamente perspicaz, características que probablemente le harán falta para armar consensos entre los veintisiete socios de la Unión y, sobre todo, para soportar las extenuantes negociaciones hasta la madrugada en las que, con frecuencia, terminan las reuniones europeas, que ahora presidirá. Además, es un gran defensor de la construcción europea, lo que le ha ganado enemigos entre los grupos euroescépticos, especialmente en el Reino Unido, donde algunos medios sensacionalistas le han pintado en las últimas semanas como un verdadero enemigo público que pretende canalladas como acabar con su autonomía fiscal u obligarles a pagar en euros. Nada en la pacífica imagen de Van Rompuy, tocado de una simpática y siempre despeinada alopecia galopante, parece justificar esos temores. Aunque los de sus vecinos belgas sí parecen ciertos. Su único consuelo es que entre su antiguo despacho y el que ocupará el 1 de diciembre apenas hay diez minutos andando.