Ocurrió un 4 de noviembre, hace ahora un año. Ese día, las aceras del barrio neoyorquino de Harlem vibraron como nunca con la elección del primer presidente afroamericano de la historia de EE.?UU. Sin embargo, doce meses después de ese mítico momento, el barrio negro más famoso del país no tiene en sus calles ni una sola señal que recuerde aquella noche.
«Es que el entusiasmo se ha ido dejando atrás porque Obama prometió muchas cosas que en teoría sonaban bien, pero que luego en la realidad son casi imposibles de cumplir», asegura Jesse Ambrant, una de las pocas blancas que estos días pasea por este barrio y quien como el hispano Román Fuentes todavía no ha podido ver ninguno de los anunciados cambios de Obama. «Déjame decirte algo: el cambio no ha llegado hasta aquí porque los de Harlem seguimos trabajando cincuenta horas a la semana y cobrando menos que el resto del país», dice este chico de 19 años que desde hace tres está en el mercado laboral.
También, como Jesse y Román, millones de estadounidenses parecen preguntarse dónde está su trozo del pastel después de unas elecciones presidenciales en las que todos se sintieron protagonistas, pero en las que pocos han sido al final actores principales. Son gente como Joseph Jones, un chico de 20 años y con aire de pandillero, que no duda cuando alguien le pide que haga un balance: «Diablos, ¿qué cambio? Yo he viajado últimamente por doce estados y lo único que he notado diferente es el precio de la gasolina», escupe antes de reconocer que aún así «lo prefiero mil veces antes que a Bush».
Este sentimiento de alivio es algo también común a casi todos lo que se pasan por el puesto del ucraniano Sam Seberi, en el que se puede encontrar todo tipo de pinturas inspiradas en el presidente. En algunos de estos lienzos Obama aparece como un supermán, mientras que en otros está caracterizado como el personaje de cómic Jocker.
Expectativas
Según Seberi, pocos son los que optan por la versión del Obama villano, «porque aunque a la gente le cueste reconocerlo, la mayoría sigue teniendo expectativas muy altas en él». La peluquera Elena German, de 42 años y residente en el Bronx, es una de las que guarda la esperanza, «especialmente en lo que se refiere a la guerra de Irak». Madre de un soldado que pasó seis años en la guerra, Elena reconoce que no cree que el presidente haya hecho méritos suficientes para recibir el Nobel de la Paz, pero que «el premio puede ser un aliciente para que acabe con esta guerra, que se está cobrando la vida de nuestros muchachos».
Para Seberi, sin embargo, el verdadero problema no es ese, sino que «lo importante es lo que consiga, aunque sea a largo plazo. A veces se nos olvida que en su primer año Bush solo estuvo de vacaciones y que Obama casi ha conseguido aprobar una reforma sanitaria o cerrar Guantánamo. No es que no haya hecho nada, sino que los cambios requieren tiempo».