Afganistán y Pakistán parecen precipitarse irremediablemente al caos. Todos los intentos de la comunidad internacional de dar un giro al rumbo de los dos países vecinos no han dado frutos. La nueva estrategia AfPak de Barack Obama, presentada en primavera, ya está siendo revisada.
El enviado especial de la ONU en Kabul, Kai Eide, habló de «un día muy duro» tras la muerte de cinco empleados. Nunca antes la misión en Afganistán había sido el blanco de un ataque tan directo de los talibanes. A los ojos de los insurgentes, la ONU hace tiempo que perdió su neutralidad y la consideran cómplice de EE.?UU. El ataque bien calculado no solo ha dado de lleno a la comunidad internacional, sino que contribuirá a que menos afganos participen en la segunda vuelta electoral. Además, el fraude en la primera ha convertido los comicios en un ejercicio inútil por el que no merece la pena jugarse la vida.
Lo que los talibanes logran transmitir a ambos lados de la frontera pese a los 100.000 soldados extranjeros en Afganistán y pese al gigantesco aparato militar en Pakistán: que sus Gobiernos no pueden protegerlos. Nadie puede sentirse seguro, ni en un hotel, ni en un mercado y menos aún en un centro electoral.
En Pakistán hace tiempo que el terrorismo llegó a las metrópolis. La prueba más reciente de ello es Peshawar. El Ejército de la potencia nuclear tiene que hacer frente a las consecuencias de no haber combatido con contundencia a los talibanes. La misiva de su ministro de Exteriores a los talibanes al término de un encuentro con Clinton casi denotaba impotencia. «Estáis a la fuga y lo sabemos», dijo. Los talibanes, en cambio, cuentan con que en algún momento Occidente abandone resignado la región y entonces puedan hacerse con el poder.