Obama se adelanta a la escalada nuclear

Leoncio González

INTERNACIONAL

27 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

La verdad es que cuando pronunció el famoso discurso de Praga, en el que abogó por un mundo sin armas nucleares, sonó como una obra maestra del márketing presidencial. Pero varios meses después hay que admitir que iba en serio. Barack Obama tiene una doctrina propia en materia de desarme, que supone una rectificación radical de la estrategia seguida por su país los últimos ochos años. Y lo que importa más: la retirada del escudo antimisiles y la posterior presencia en el Consejo de Seguridad de la ONU muestran que tiene el propósito de situar este asunto en un lugar central de la agenda global, al mismo nivel que la salida de la recesión y la batalla contra el cambio climático.

Al actuar así conecta con una corriente de pensamiento muy extendida en el mundo y que, en su país, abanderan séniores del establishment como Henry Kissinger, George Schultz o William Perry. Al mismo tiempo, prepara el terreno para salir airoso de dos escollos inmediatos. En diciembre expira el Tratado SALT II que compromete a Rusia y a EE.?UU. a reducir el número de cabezas nucleares. Por otra parte, el año que viene toca revisar el Tratado de No Proliferación, cuya eficacia disuasoria está siendo puesta a prueba por las dictaduras de Irán y Corea del Norte.

Ambas cuestiones son cruciales en el corto plazo. Rusia y EE.?UU. poseen 22.400 de las 23.375 armas nucleares declaradas en el mundo: si no dan pasos serios para desarmarse, carecerán de argumentos para exigírselos a los siete países con arsenales atómicos. Un eventual triunfo nuclear de Teherán y Pyongyang a un coste asumible desataría una carrera armamentista en sus regiones y, a una escala mayor, serviría de acicate a otras potencias medianas que también desean la bomba, pero están esperando a ver cómo acaba este pulso para saber si compensa fabricarla o no.

Pero donde cobra auténtica relevancia resolver bien ambas cuestiones es en el medio plazo. La preocupación por el calentamiento global, junto con la inestabilidad de los principales productores de gas y el incipiente grado de desarrollo de las energías renovables, están llevando a numerosos países a aparcar la moratoria impuesta tras los accidentes de Three Mile Island y Chernóbil, y a dirigir la vista a la energía nuclear. Fruto de ese giro es la prórroga del ciclo de vida de las centrales existentes, la construcción en este momento de 48 nuevas y la programación de 200 más, lo que elevará a 700 los reactores nucleares los próximos años.

Las amenazas para la seguridad que se desprenden de este renacimiento nuclear no se pueden minimizar. Pondrá al alcance de muchos una tecnología que hoy todavía está reservada a pocos, lo que hará más asequible la tentación de desviarla a usos no pacíficos, y facilitará el acceso de grupos terroristas a combustible atómico. Está fuera de duda que el mundo será un lugar más peligroso si no se fijan límites claros ahora y se hacen cumplir.

Para entender el mérito de Obama al meterse en ese avispero antes de que se desboque, basta observar los riesgos que asume. Le servirá de muy poco presionar a los demás armado solo de buenas intenciones. Por el contrario, para involucrarlos tendrá que ser el primero en actuar y esto le abrirá un nuevo frente interno que complicará aún más su presidencia.

EE.?UU. no ratificó el tratado que prohíbe los ensayos nucleares y, para ser creíble, tendría que hacerlo. Ha entorpecido la negociación del acuerdo para prohibir la producción de material fisible para uso bélico y, para dar ejemplo, debería reactivarla. Por último, la revisión de la postura nuclear en que se halla inmerso el Pentágono tendría que incorporar los deseos de su comandante en jefe. Pero las primeras reacciones de legisladores y militares ante su empeño revelan que el deseo de que fracase no es exclusivo de capitales lejanas. Tendrá que vencer muchas resistencias en su propio país para no quedar solo a la primera de cambio.