De confirmarse los sondeos, a estas horas el Partido Demócrata Liberal (PDL) habrá perdido el poder que, salvo por once meses en total, mantuvo sin interrupción desde 1955. Su caída, sin embargo, como las de los gánsteres de la yakuza en las películas de acción japonesas, ha sido una caída a cámara lenta. Comenzó durante la crisis económica de los noventa, precisamente cuando el ahora victorioso Hatoyama y otros lo abandonaron para crear una coalición de pequeños partidos que acabaría siendo el Partido Demócrata de Japón (PDJ). Aunque el PDL todavía logró victorias con Yunichiro Koizumi, estaba ya sentenciado. Koizumi, que pasará a la historia por haberle cantado el Love me tender de Elvis a George Bush, ganaba por su carisma y porque se le veía precisamente como un rebelde dentro de su partido. A la postre, fue él quien preparó el camino para este cambio relativo.
Porque el cambio es relativo. Hatoyama no es Obama. Vástago de la familia más adinerada de Japón, nada menos, cada vez que abre la boca su barroca manera de usar los pronombres lo delata como un aristócrata. Entre sus parientes no se cuentan ocho primeros ministros como en la de su rival Aso, pero sí tres, entre ellos el fundador del PDL que ahora su nieto ha dinamitado. De hecho, lo sucedido ayer viene a ser una curiosa repetición de lo que ocurrió en los años cincuenta, cuando el abuelo de Aso fue sustituido por el de Hatoyama.
Se ha comentado algo este excesivo peso del nepotismo en la política japonesa, pero quizá no lo suficiente. Un tercio de los candidatos del PDL y uno de cada diez del PDJ son parientes de diputados. El hermano de Hatoyama, por ejemplo, era ministro en el Gobierno saliente.
Las diferencias políticas podrían no ser mucho mayores que las genéticas. El PDL ha caído por un desgaste de medio siglo y una cifra de paro allí considerada astronómica (5,7%), pero la democracia japonesa está hecha a su imagen y semejanza. Japón ha votado distinto, pero no ha cambiado. Por eso, al margen de promesas más o menos demagógicas, como la supresión de los peajes de las autopistas, Hatoyama ha evitado explicar cómo piensa reducir los impuestos y aumentar el gasto público. Sabe que cualquier medida que se salga del consenso liberal-conservador podría hacer saltar por los aires el PDJ, un partido formado por gentes que solo tienen en común no ser del PDL, que ha ganado únicamente por no ser el PDL, pero que, sin embargo, se arriesga a perder el poder si no se comporta como el PDL.