La estrategia de Washington sobre temas tan conflictivos como el golpe de Estado en Honduras o el aumento de la presencia militar estadounidense en el Cono Sur ha enfriado las expectativas surgidas en la región por la llegada de Obama a la Casa Blanca.
El compromiso expresado por el mandatario en la Cumbre de las Américas de abril de mantener una doctrina de no intervención y estrechar las relaciones con sus vecinos del sur fue recibido por la mayoría de países de la región como una bocanada de aire fresco y abrió las esperanzas a un giro en la tradicional política norteamericana.
Sin embargo, el mantenimiento de la IV Flota de EE.UU. en el Atlántico Sur provocó los primeros recelos entre algunos Gobiernos, en especial del venezolano. Las reservas crecieron tras la reacción de Washington al golpe de Estado contra Manuel Zelaya y aún más con el acuerdo militar negociado entre Colombia y EE.?UU. que permite al Ejército estadounidense utilizar hasta siete bases colombianas.
El más duro en sus ataques ha sido Chávez, secundado por Ecuador y Bolivia, aunque Brasil, Argentina, Paraguay, Chile y Uruguay expresaron también su preocupación por las consecuencias del pacto militar para la seguridad en la región. Solo el peruano Alan García ha manifestado un apoyo abierto a la decisión de Álvaro Uribe.
Lula da Silva telefoneó la pasada semana al presidente de EE.?UU. para proponerle una reunión con los miembros de Unasur con el objetivo de discutir en detalle su acuerdo con Uribe. La ministra argentina de Defensa, Nilda Garré, advirtió de que «los demás países sudamericanos tienen algún derecho a saber en qué consiste esta colaboración bilateral y sobre todo a estar seguros de que no va a haber intromisión en sus territorios».