Los elogios vertidos al discurso que el presidente norteamericano pronunció ?en la Universidad de El Cairo no dejan de ocultar una cierta decepción
08 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El abuso del adjetivo histórico es una fuente segura de desilusiones. La historia no se planea, sucede. Quizás algún día esta gira del presidente Obama, con su tan esperado discurso de El Cairo, se considere un hecho histórico. Pero si es así, será por lo que suceda a partir de ahora, y no por la gira en sí, que en realidad ha tenido mucho de anticlímax.
En las palabras de Obama ha habido elementos nuevos. Nunca antes un presidente norteamericano se había dirigido al mundo árabe e islámico de manera tan directa, casi coloquial, y aunque el tono fue algo condescendiente por momentos, el sincero afán de gustar de Obama acabó dominando el conjunto. En esto fue una pieza oratoria típica suya, con ese estilo claramente inspirado en la prédica de las iglesias evangélicas que frecuentaba en Chicago, y funcionó. No es poca novedad, pero es una novedad que se reduce a la forma.
En cuanto al fondo, la cosa cambia. A veces, las expectativas acaban desplazando a la realidad, y esto parece haber ocurrido con el discurso de El Cairo. No, Obama no ha hecho un reconocimiento sin precedentes del sufrimiento de los palestinos ni ha cambiado las bases de la diplomacia norteamericana respecto a Oriente Medio, el mundo árabe o el mundo islámico.
De hecho, en su discurso no habló prácticamente de política. Se limitó a encadenar, de forma muy bien estructurada, una serie de elogios al mundo árabe e islámico que se podrían resumir en que el nuevo presidente de Estados Unidos no tiene prejuicios personales o religiosos contra el islam, como era evidente que sí los tenía George Bush. En cuanto al enunciado de una agenda, sin embargo, Obama sigue sin apartarse de las líneas trazadas por su antecesor, al menos de momento.
La defensa de un futuro Estado palestino que hizo Obama es la política oficial de Washington desde hace casi treinta años. Si ahora esto nos parece radical es solo porque Israel ha reconocido finalmente que se opone a ello. Las palabras que Obama dedicó a los palestinos en El Cairo («sufren diariamente las humillaciones de la ocupación y su vida es intolerable») son prácticamente un calco de las de Bush hace siete años («es intolerable que los palestinos vivan bajo la ocupación y en la miseria»). Es imposible que su escritor de discursos no lo supiera; simplemente, no ha querido apartarse de esa línea.
En cuando a Irak, la novedad es que Obama ha defendido la guerra a la que se opuso como senador, y que vuelve a retrasar hasta el 2012 la retirada. Ni se esperaban, ni hubo rectificaciones sobre Afganistán. Tampoco hubo mención alguna a un asunto que obsesiona al mundo árabe y que constituye un elemento clave del discurso antiamericano: Guantánamo.
A cambio, Obama adoptó el discurso de la Alianza de Civilizaciones, coherente con su idea, no muy brillante, de que el debate de fondo es religioso. La referencia, errónea, a la «tolerancia de al-Ándalus durante la Inquisición» (no fueron hechos contemporáneos) va en esa dirección. Mientras, las alusiones que más aplausos despertaban en la audiencia eran, en cambio, las que el presidente dedicaba a la democracia y los derechos humanos, lo que se entiende en el Egipto del despótico Mubarak. Pero por ahí Obama pasó de puntillas, quizá sin comprender que gran parte del resentimiento contra Estados Unidos en el mundo árabe nace precisamente del apoyo que Washington presta a regímenes como el que le invitó a hablar en la Universidad de al-Azhar. Y es que los árabes no viven en al-Ándalus sino en el siglo XXI, como todo el mundo.