A la medida de Roosevelt

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Obama afronta una situación similar a la del dirigente que acuñó «los cien días»

29 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

La invención del concepto de «los 100 días» tiene truco. Cuando Franklin D. Roosevelt llegó a la Presidencia en 1933, todo el mundo esperaba de él milagros, un poco como sucede ahora como Barack Obama. La situación era, en efecto, parecida, con una crisis económica que caía como un diluvio. Roosevelt encerró a los congresistas en el Capitolio hasta que votaron sus quince reformas fundamentales por aburrimiento. Vio que le había llevado cien días y así estableció este baremo artificial que desde entonces se aplica a los demás presidentes del mundo. Si le hubiese llevado ciento treinta días, serían ciento treinta.

Lo mismo que Roosevelt, Obama lo ha tenido fácil al tenerlo tan difícil. La docilidad que impone la crisis hace que cualquier decisión presidencial le parezca inevitable o indispensable a la opinión pública, y Obama ha sabido aprovecharlo en economía, haciendo aprobar unos paquetes fiscales que, con los bolsillos llenos, habrían resultado indigestos hasta para su propio partido. La maquinaria mediática de la Casa Blanca ya ha logrado dar la impresión de que esos estímulos están funcionando, pero desgraciadamente no es cierto. Que a Obama le dejen seguir por ese camino dependerá de si la industria del automóvil sobrevive al verano. Si no es así, podría desatarse el pánico.

Giro en las políticas verdes

Las medidas económicas de Obama no son muy diferentes a las que habría arbitrado un Gobierno republicano (Tesoro y Reserva Federal siguen en manos de republicanos, de hecho). Donde sí hay un giro considerable es en las políticas verdes. Roosevelt aprovechó que había que recaudar más impuestos para legalizar el alcohol y poner fin así a la prohibición. Obama ha aprovechado la inevitabilidad de un parón industrial para introducir regulaciones que, sin ser nada del otro mundo, suponen un cambio radical respecto a su antecesor.

Menos afortunado ha sido el arranque de su gran proyecto de campaña: la cobertura sanitaria parcial. Obama no ha logrado todavía ni siquiera nombrar un secretario de Salud, aunque lo más probable es que el asunto vuelva al primer plano a medida que la crisis siga golpeando. Nada tan popular como el Estado cuando las cosas van mal.

Colaboradores prestados

Esto, la formación de su equipo, ha resultado por ahora su principal escollo. No es ninguna sorpresa: muy joven y casi ajeno al politiqueo de Washington, Obama ha tenido que tomar prestados a sus colaboradores, algunos de saldo. Varios le han fallado ya (Richardson, Daschle, etc.). Otros le están fallando, pero poco puede hacer al respecto porque son peajes políticos. Es el caso de Hillary Clinton, que ha conducido al Departamento de Estado prácticamente a la parálisis con su falta de ideas y el escaso nivel de su equipo. Pero incluso esto ha acabado revirtiendo en beneficio de Obama, quien, con su vicepresidente Biden, está llevando la diplomacia en sus ratos libres. Lo hace sin aciertos ni errores. Hay un cambio de tono y poco más. Los planes para Afganistán, eso sí, pueden acabar en desastre.

En sus cien primeros días Lincoln vio como se independizaban siete estados de la Unión, Truman decidió usar bombas atómicas contra civiles, Kennedy intentó invadir Cuba y Clinton hacía el ridículo casi a diario. Roosevelt, en cambio, transformó completamente Estados Unidos, Johnson promulgó los derechos civiles y Carter hizo la paz entre Egipto e Israel. Obama ha tenido un buen comienzo, no espectacular, pero esperanzador.

Y luego está el que ya es, en todo caso, el más seguro de sus logros: no el haber sido el primer afroamericano presidente, sino que cien días después ya casi nadie lo menciona más que de pasada, como aquí.