De Onna, el pueblo de los Abruzos más cercano al epicentro del violento seísmo que sacudió el centro de Italia, solo quedan montañas de escombros, casas reventadas como si hubiesen sido blanco de un bombardeo y el duelo por la muerte de 40 de sus 300 habitantes. Hasta el domingo era un lugar tranquilo entre montañas aún nevadas, cerca de la capital provincial, L 'Aquila; ahora es un campo en ruinas: las calles han desaparecido y están repletas de escombros de ladrillos y cemento. Ninguna casa resistió el movimiento telúrico.
Ayer, los bomberos acompañaron por primera vez a sus casas a pequeños grupos de cinco a seis personas. Hombres y mujeres de todas las edades hurgaban desesperadamente entre las montañas de piedras y amasijos de vigas buscando sus enseres, sus recuerdos y objetos personales.
«Allí estaba la escuela y aquí en esta casa murió un muchacho de 20 años», dice entre suspiros Silvana, de 50 años. «¿Dónde está Berlusconi? Todo esto es por su culpa. ¿Por qué no hizo votar la ley contra las viviendas vetustas?», exclama indignado un anciano con un brazo escayolado.