La historia de Zenaida y Roberto, dos de los siete hijos de unos campesinos, muestra el dramatismo de cómo las familias pagan la factura de la guerra que vive Colombia, con más de 200.000 muertos en cuatro décadas.
Para Zenaida, la idea de desertar comenzó a darle vueltas tras ser separada por los rebeldes de dos hijos que tuvo con otros guerrilleros (hace 17 y 5 años). Ahora solo espera reencontrarse con el resto de familiares. Ya ha conseguido ver a uno de sus hijos, de 5 años. Del otro, de 17, no tiene ni idea de dónde puede estar. Le gustaría estudiar administración de empresas y tal vez irse a otro país, como le ha propuesto el Gobierno. La recompensa económica no parece importarle demasiado, como tampoco la posible venganza de las FARC: «Si tengo que perder la vida, al menos la gente me recordará como una buena persona».