Los vasos que usa Obama son destruidos para impedir que se conozca su ADN
21 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Hace poco más de un mes, Barack y Michelle Obama celebraron su decimosexto aniversario de boda. Fueron a cenar al mismo sitio en el que han festejado cada año aniversarios y cumpleaños: el restaurante Spiaggia, un lujoso italiano del centro de Chicago. Pero las cenas de ahora ya no son como las de antes. Pocos días después de aquella cena, que debió haber sido romántica, Tony Mantuano, chef y copropietario del Spiaggia, afirmaba: «Siempre venían ellos dos solos. Ahora vienen ellos dos y 30 agentes del Servicio Secreto».
Ser el hombre más poderoso del mundo debe ser alucinante pero, a cambio, Obama y su familia tendrán que hacer concesiones a la seguridad y a las leyes que rigen la vida del presidente. Ya están siempre rodeados de fornidos funcionarios. Fornidos y dispuestos a morir en su lugar o el de su familia, ya que, en caso de un ataque, deben cubrirlos con sus cuerpos. Barack Obama no puede separarse nunca de sus protectores. Incluso cuando va al cuarto de baño, esperan pegados a la puerta hasta que él sale.
Esto no es nuevo para el presidente electo porque, cuando era candidato a las primarias, el servicio secreto decidió que debía darle protección especial. Por lo tanto, ya estará habituado. En cambio, es posible que aún esté sorprendido por otras servidumbres que le impone su nuevo cargo.
Correos y vasos
El componente más original y efectivo de la campaña de Obama ha sido la utilización de Internet. Obama utiliza el correo electrónico para comunicarse y anda siempre pegado a su blackberry. Además, ya ha hecho público que la web será una herramienta más durante su presidencia. Pero esta vocación tecnopolítica va a verse limitada por las trabas legales.
La normativa que controla las comunicaciones del presidente tiene dos objetivos: impedir que sus mensajes sean interceptados y registrarlos todos, tanto los telefónicos como los escritos para, pasados unos años tras el fin del mandato, hacerlos públicos. Esa es la razón por la que los presidentes no pueden enviar correos.
Otro aspecto sorprendente de la seguridad del presidente es el que lo obliga a no utilizar, fuera de la Casa Blanca, ningún vaso que no sea el que llevan para él los miembros del servicio secreto. Una vez que lo ha usado, el vaso se destruye. Así se pretende impedir que alguien se haga con su ADN y le dé un uso indebido.
Una vez en el Despacho Oval y en las dependencias privadas de la Casa Blanca, Obama podrá moverse más libremente. Para evitar cualquier contingencia, el presidente y el vicepresidente tienen unos botones de alarma. Uno para el bolsillo, otro para el Despacho Oval y otro al lado de sus camas. Los dispositivos de hace unos años eran más grandes, pero hubo que cambiarlos. Durante la presidencia de George Bush padre, el vicepresidente Quayle, sin darse cuenta, golpeó el suyo una noche cuando hacía el amor con su mujer. En pocos segundos, sus guardaespaldas entraron en la habitación, tiraron a su esposa al suelo y cubrieron el cuerpo del vicepresidente para protegerlo. Después de aquello se cambió el tamaño de los dispositivos.
Mientras Obama no aprende su uso, aún tendrá que superar una asignatura más en materia de seguridad. «La parte más difícil para el servicio secreto», explica Fred Burton, vicepresidente de la compañía Stratfor, especializada en espionaje, «fue la campaña electoral». «Sobre todo cuando estaba pegado a la gente», dice. «Si alguien que estaba a su lado sacaba un arma, los miembros del servicio secreto tenían poquísimo tiempo para reaccionar». Ahora tienen que estar preocupados con la ceremonia de inauguración. Se calcula que pueden asistir unos cuatro millones de personas, lo que multiplica los riesgos.