La historia de traiciones, deserciones y cambios repentinos de bando es tan antigua en Afganistán como la guerra misma. Al igual que la capacidad de sus habitantes para condenar al fracaso, la desesperación y la posterior capitulación a cuanto Ejército extranjero ha puesto pie en su territorio.
Los talibanes surgieron en 1994 como respuesta de los líderes religiosos más conservadores de las provincias del sur, entre los que destacaba el tuerto mulá Omar, al caos en el que se había sumido el país tras la salida de los soviéticos. El pillaje, la violación y el secuestro eran la norma en aquellos tiempos de enfrentamiento fratricida entre los señores de la guerra que EE.?UU. había armado para luchar contra los comunistas.
Si los talibanes lograron en apenas dos años conquistar la mayor parte del territorio, no solo fue por su capacidad militar y por el descontento de la población local, sino porque consiguieron comprar la voluntad de muchos de sus enemigos.
No pocas refriegas lograron ganar sin haber pegado un tiro. Contaban con el apoyo económico de Pakistán y Arabia Saudí. Solo Ahmed Shah Masud resistiría su avance, sitiado en el impenetrable valle del Panshir.
En el 2001 sucedió todo lo contrario. Los bombardeos de EE.?UU. y la progresión de la Alianza Norte llevaron a cientos de talibanes a cambiar de bando. Las negociaciones con sus antiguos compañeros de armas se hacían en clave, a través de radios, pues los miembros de Al Qaida mataban a los sospechosos de querer huir.
Hoy, los talibanes se han hecho fuertes de nuevo en casi todo el país. Los bombardeos a civiles, la lentitud y falta de coordinación de la ayuda internacional y la corrupción del Gobierno central están haciendo que cada vez tengan más apoyo popular. No resulta extraño escuchar la frase «con los talibanes vivíamos mejor».
Hay talibanes ocasionales, que son campesinos que, tras la temporada del opio, cogen las armas y luchan por un puñado de dólares. Como los hay también más extremos, que comparten la visión de Al Qaida de guerra total contra Occidente.
Tras el descenso de la violencia en Irak, debido a la negociación con los suníes que apoyaban a Bin Laden, cada día parece tomar más fuerza la idea de dialogar con los talibanes para sacar a los más moderados de la influencia de Al Qaida.
Tanto el presidente afgano, Hamid Karzai, como altos mandos británicos se han pronunciado a favor de esa opción. Hasta Washington ha dado luz verde.
Aunque no se pueden comparar Irak y Afganistán, un cambio de bando de muchos talibanes es viable. Parece ser la única opción que tendrían las fuerzas de la coalición internacional. Porque ya es sabido que los extranjeros siempre fueron derrotados en el país del Hindu Kush.