El ala oeste del nuevo clan

David Mathieson

INTERNACIONAL

07 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Hay veces que la vida copia a la ficción. El nombramiento de Rahm Emanuel como jefe de gabinete de Barack Obama parece incluirse en esta categoría. Se dice que Josh Lyman, personaje central y estrecho colaborador del ficticio presidente Bartlet en la exitosa serie El ala oeste de la Casa Blanca , está inspirado en él.

Sea verdad o no, la teleserie ilustra muy bien cuál es la relación que se establece entre el presidente, su equipo de asesores y su gabinete. Las tensiones entre todos ellos pueden ser creativas o desastrosas

Lincoln, por ejemplo, tenía una relación pésima con la mayor parte de su gabinete, y su secretario de Estado (por mencionar solo uno) siempre buscaba la oportunidad de ocupar la Casa Blanca en su lugar. Así que Lincoln dependía cada vez más de su secretario John Hay, cuya creciente influencia resultó relevante en la carrera de su jefe.

Fue el primero en una larga lista de asesores poderosos. Como Lincoln, John F. Kennedy suscitaba el recelo y desconfianza de la vieja guardia de su partido y de algunos funcionarios, como el todopoderoso J. Edgar Hoover, director del FBI. Pero Kennedy no se rindió y marcó su tono con la creación de un estilo propio, arropado por un grupo de asesores jóvenes y brillantes que se llamaba Camelot, en alusión a la mítica corte del rey Arturo.

Entre los más cercanos estaban el escritor de sus discursos, Arthur Schlesinger, el economista John Kenneth Galbraith y su hermano Robert Kennedy. El presidente dependía tanto de ellos como de los miembros de su gabinete.

Dentro y fuera

Algunos asesores, como Henry Kissinger, han trabajado dentro y fuera de la Casa Blanca. Nixon lo nombró primero asesor de Seguridad Nacional y luego secretario de Estado. Kissinger representaba el poder y no cabía duda de que quien mandaba era él.

Pero el presidente tiene que tener mucho cuidado con sus asesores. Paradójicamente, Kissinger y Nixon se profesaban tal desconfianza personal que cada uno grababa sus llamadas telefónicas.

Y en el caso Watergate, estas grabaciones fueron la evidencia concluyente contra Nixon que lo llevaron a la dimisión.