En lo único en que coinciden demócratas y republicanos es en que George W. Bush pasará a la historia como uno de los peores presidentes de Estados Unidos
05 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.En Estados Unidos, donde se parte del principio de que el ciudadano sabe lo que quiere, vota libremente y no necesita ser protegido en sus opiniones, no existe la jornada de reflexión. La campaña se extiende, pues, hasta la apertura de los colegios electorales e incluso se admite que los grupos de voluntarios, que esta vez mostraron una especial actividad, hagan los últimos esfuerzos de persuasión entre los ciudadanos que guardan cola para votar. Pero la campaña, al margen del negro que vendía chapas de «Obama vencedor» frente a la Trinity Church, solo es visible en los medios de comunicación y en los estados menos definidos, por lo que se transmite la sensación de que las bases electorales de cada candidato responden a criterios y fidelidades de muy largo recorrido.
También es importante recordar que la elección del presidente se hace mediante compromisarios elegidos por los Estados en número proporcional a su tamaño, que son atribuidos a cada candidato de acuerdo con un procedimiento de cómputo mayoritario, por lo que una pequeña ventaja en el seno de cada distrito es suficiente para que el ganador se lleve todos los compromisarios.
En tales circunstancias se hacen muy difíciles los pronósticos alcanzados mediante encuestas generales, aunque el avanzado sistema de prospección sociológica del que hace gala este país permite aportar vaticinios muy complejos que confirman la tendencia de los últimos meses.
Pocas horas antes de la apertura de los colegios se seguía hablando de una cómoda victoria de Obama, soportada por una ventaja de hasta siete puntos porcentuales en el voto, cosa que yo le transmito sabiendo que escribo a oscuras lo que usted leerá cuando ya haya bastante luz.
En los mensajes finales, tanto los republicanos como los demócratas mantuvieron sus estrategias de campaña, tratando de descubrir los puntos flacos del adversario. A Obama, visto con los ojos de los republicanos, le falta liderazgo y experiencia, y todo lo que en él suena a cambio y a futuro se debe únicamente a su imagen juvenil y a una subconsciente usurpación del mito de Kennedy. Y a John McCain, visto por los demócratas, le falta perspectiva para atender las crisis actuales, y todo lo que en él suena a liderazgo y experiencia no es más que un burdo continuismo de la desastrosa política desarrollada por los republicanos durante los últimos ocho años.
Larga pesadilla
En lo único que coinciden republicanos y demócratas es en que George W. Bush pasará a la historia como uno de los peores presidentes de Estados Unidos (también aquí se ve que «quod natura non dat, nec Salmantica neque Harvard praestant»), y que, con su salida de la Casa Blanca, se pone fin a una larga pesadilla.
Pero en los matices sigue habiendo grandes diferencias, ya que, mientras para los republicanos la era Bush termina ya en cualquier caso, con la victoria de Obama o con la de McCain, para los demócratas es evidente que McCain se parece a Bush como una gota de agua a otra, y que solo se podrá salir de esta pesadilla cuando se proclame oficialmente la esperada victoria de Obama.
Hay que decir, sin embargo, que lo que más se le reprocha a Bush no es su extraordinaria rapidez en desenfundar las armas contra todo lo que se mueve, sino la evidencia de haber errado y fracasado en sus estrategias, y el hecho de haber enseñado el plumero de la guerra a favor de sus amigos afincados en las grandes empresas de armamento y de reconstrucción civil. Desde esta perspectiva, puede decirse que, si sale victorioso, Obama va a tener grandes dificultades, tanto para ganar unas guerras mal planteadas, como para retirarse de ellas antes de conseguir una victoria -real o virtual- que conjure los viejos fantasmas de Vietnam.
Obama ganó, o parece haber ganado, contra la vieja lógica y contra los viejos pronósticos. Y lo hizo porque muchos americanos habían llegado a la conclusión de que Bush los había metido en un callejón peligroso y sin salida. Y por eso es muy probable que las ilusiones de un cambio profundo suban ahora hasta unos niveles muy difíciles de sostener, y que el gran consenso social que hubo para llevar el primer negro a la Casa Blanca se haga añicos ahora, cuando a ese consenso haya que darle concreción, sumarle esfuerzos y otorgarle confianza.
Pero de todo eso habrá tiempo para hablar. Porque hoy lo que se respira en Manhattan es una agradable sensación de normalidad, como si los riesgos ya no contasen y como si la victoria facilitase todas las cosas. La campaña de McCain identificaba a Obama con el riesgo o con lo incierto, y a McCain con lo seguro o con lo bien probado. Y por eso hay que suponer que, si se confirma que esta gran nación apostó por el riesgo y la juventud, también sabrá encontrar la ilusión y las fuerzas necesarias para afrontar la promesa de Obama: realizar un cambio profundo.