Hasta hace unos días se decía que una victoria de Barack Obama en las elecciones norteamericanas haría historia. Ahora podría decirse que lo que haría historia sería una derrota. Con una estimación de voto que se acerca día a día al 50% y una cadena de errores de la candidatura rival, los demócratas solo podrían perder si entra en juego algún efecto extraño que se le haya escapado al radar de los sondeos de opinión.
Si al final se confirma una victoria aplastante de Obama, será una satisfacción no solo para él, sino también para los técnicos y responsables del sistema electoral, que se evitarían muchos quebraderos de cabeza y otra crisis política. Cabe recordar que las elecciones del 2004 se saldaron con un empate extraño, y las del 2000 con algo peor: una sospecha muy seria de fraude. En estas elecciones, la falta de previsión, la inesperada afluencia de nuevos votantes y la incorporación de técnicas de voto electrónico poco fiables van a tener durmiendo mal a muchos responsables políticos mientras se forman dos ejércitos de abogados dispuestos a protestar la menor sospecha de irregularidad o error.
Contrariamente a lo que suelen decir los apologistas de Estados Unidos, este país es admirable por muchas cosas, pero no por su sistema electoral. Ha heredado el decimonónico y antirrepresentativo sistema inglés, en el que tan solo cuentan los votos del candidato ganador. A esto se le ha sumado la extraña figura del «colegio electoral», en el que son unos compromisarios quienes eligen al presidente. No es raro que un compromisario votado para apoyar a un candidato decida dar su apoyo a otro. El resultado es que nada menos que 16 veces, el presidente de Estados Unidos ha sido proclamado sin haber ganado las elecciones. El fraude, por otra parte, no es infrecuente. Además del caso dudoso del 2004 y del casi seguro del año 2000, están los de 1825, 1876 o 1948 (Lyndon Jonson en las elecciones al Senado). Incluso es de señalar que John F. Kennedy llegó al poder en 1960 gracias al fraude electoral de Illinois.
En algunos estados ya se han abierto los colegios electorales y ayer las máquinas de voto electrónico ya estaban fallando, lo que difícilmente es una sorpresa para nadie (son las mismas que provocaron el caos de las elecciones del 2004).
Los abogados estarán llenando los termos de café. Si Obama no gana con rotundidad, Estados Unidos podría volver a tener, como desde hace ocho años, un presidente elegido por ellos.