Contra viento y marea. Literalmente. Así es como se celebró ayer el referendo constitucional en Birmania. A pesar de que el delta del Irrawaddy, la parte más rica del país, y la propia capital, Rangún, se encuentran casi sumergidas por el Nargis , a pesar de que dos millones de personas han perdido su hogar y quizás 100.000 la vida, la consulta se ha celebrado. En otro lugar, este esfuerzo por mantener el calendario electoral podría tomarse como una muestra de fervor democrático. En otro lugar que no sea Birmania.
La escena de cientos de vehículos del Ejército recorriendo el país para animar al voto en vez de tratar de salvar a los damnificados, resume el autismo político en el que se ha encerrado la Junta Militar y el absoluto desinterés por su pueblo. Ahora se comprende que difícilmente hubiese podido conmoverlos la huelga de hambre organizada por los monjes budistas en el 2007, cuando el hambre de millones de campesinos ni siquiera les distrae del llamado proceso constitucional.
La razón es que los militares ven en el referendo una última oportunidad de hacer una chilena (no la técnica futbolística, sino la transición a lo Pinochet). El borrador constitucional es fundamentalmente una auto-amnistía para el Ejército. Pocos birmanos lo saben, puesto que el texto no se reparte, sino que (por increíble que parezca) se vende, y a un precio equivalente a una semana de salario. Y aún así, las encuestas clandestinas revelan que hasta un 75% de los birmanos votarán en contra, un resultado que, con toda seguridad, se acabará transformando mágicamente en un sí masivo. Para la Junta Militar empezará entonces la parte más complicada del proceso: la controlada legalización de algunos partidos a los que habrá que impedir al mismo tiempo que ganen las elecciones. La Constitución ya prevé que un cuarto de los diputados sean militares, lo mismo que el jefe del Estado.
Y, mientras los uniformados se agarran a este salvavidas, una parte sustancial del país continúa bajo las aguas tratando desesperadamente de no ahogarse. Ante la dificultad de instalar colegios electorales en la zona del desastre, lo que podrían haber sido unas elecciones anfibias no se celebrarán de momento en el delta del Irrawaddy ni en Rangún, donde las urnas se usaban ayer para sacar agua de las viviendas. Poco importa, porque el resultado ya está decidido, y al menos allí las urnas han servido para algo útil.