En Moscú se palpa la tensión en las horas previas al cambio de poder en el Kremlin, que se consumará con una puesta en escena cinematográfica en tres actos. El primero tendrá lugar hoy, cuando, tras ocho años en el cargo, Vladimir Putin entregue el poder a su sucesor, Medvédev. El segundo queda para mañana, cuando la Duma elija a Putin como el jefe de Gobierno ruso más poderoso de todos los tiempos. El ciclo se cierra el viernes con un pomposo desfile militar por el Día de la Victoria.
La capital se encuentra en estado de excepción debido al constante transporte de armas y las pruebas militares para el desfile. Por primera vez en dos décadas volverá a haber tanques en la plaza Roja y los observadores occidentales mueven la cabeza frente a tal ejercicio de autoestima. Pero en Moscú interesa más el futuro reparto de poder entre Medvédev y Putin.
Aunque ambos aseguran que no habrá otro centro de poder aparte de la presidencia y menos una disputa entre ellos, la mayoría de los analistas observan un traslado del mando de decisión desde el Kremlin hacia la Casa Blanca, donde tendrá su sede Putin. Rusia va desde una república presidencial hacia una parlamentaria, señalan algunos medios. «Cuando Putin se mude, se llevará el poder y dejará debilitado al presidente», comentan.
Putin aprovechó su poder hasta el último minuto. Liberó su futuro cargo de tareas molestas, aumentó sus poderes y se hizo elegir presidente del partido Rusia Unida, que lo proclamó líder nacional. Evidentemente, no concedió ninguna de estas prerrogativas a sus jefes de gobierno, a los cuales cambiaba a voluntad. Sin embargo, ahora está bajo la presión del éxito.
Él y Medvédev se fijaron en las últimas elecciones metas tan concretas que ahora están obligados a cumplirlas. El hasta ahora número dos prometió lo que le gusta escuchar a Occidente: medios independientes y un sistema judicial sin arbitrariedad. Quiere combatir la corrupción, extendida a los máximos niveles del Estado, y fortalecer la sociedad civil y los derechos de propiedad. Sus planes para modernizar el país hacen sonar las alarmas entre muchos usufructuarios del viejo sistema, desde los funcionarios a los servicios secretos, pasando por los militares, que temen por sus prebendas. Pudiera ser que esta agenda pronto haga surgir fricciones.