Dos primeras damas en cuatro meses. En ese brevísimo plazo cambió «la mitad no negociable» de sí mismo, exponiendo su vida privada como nunca había hecho otro presidente.
Cecilia Ciganer-Albéniz, ahora Attias, lo había dejado ya brevemente para volver en la campaña electoral. Su relación tumultuosa ocupó portadas en la prensa del corazón, mucho después incluso de que consiguiera el divorcio.
Sarkozy tardó apenas dos meses en exhibir públicamente a su nueva media naranja. La cantante y ex modelo Carla Bruni se lo llevó a Disneylandia y consiguió distraer la atención sobre la huelga que en esos momentos mantenía paralizado el transporte en el país. En tres días los novios se gastaron 80.000 euros en regalos, incluido el anillo en forma de corazón, idéntico al que había ofrecido a su anterior esposa.
El flechazo dio la vuelta al mundo y una legión de fotógrafos los siguió a Egipto y Jordania, hasta que finalmente decidieron casarse en privado en el Palacio del Elíseo.
Entremedias, un presunto SMS enviado a su ex mujer hizo correr ríos de tinta. «Si vuelves, lo anulo todo», habría escrito el todavía enamorado presidente. No pudo ser. Cecilia estaba ya planeando su nueva boda y concediendo alguna que otra entrevista para decir que la vida al lado de Sarkozy era continuo teatro.
Sarkozy decidió sacar todo el partido posible a su nueva primera dama, políglota, guapa y diez años más joven, que ha terminado de grabar su tercer disco. Es su tercer matrimonio. De sus tres hijos, a uno ya lo ha metido con éxito en política: Jean consiguió su escaño regional después de una sonada traición en el feudo familiar de Neuilly.