Fritzl quemó en la caldera a un niño que tuvo con su hija y que murió

Jordi Kuhs

INTERNACIONAL

Trasladó a su casa a tres de los hijos nacidos del incesto, pero los otros tres no pudieron salir del zulo

29 abr 2008 . Actualizado a las 13:18 h.

Un día después de conocerse el escalofriante caso de incesto y encierro durante 24 años en la ciudad austríaca de Amstetten, las autoridades dieron ayer por esclarecido el caso tras la confesión del acusado. Josef Fritzl, un ingeniero jubilado de 73 años, al que la prensa local ya ha calificado como el monstruo de Amstetten, admitió haber encerrado en un calabozo subterráneo que él mismo construyó a su hija Elisabeth, que hoy tiene 42 años. Admitió asimismo haberla golpeado y violado sistemáticamente y ser el padre de siete hijos nacidos de esa relación.

Según la confesión, uno de los bebés, que murió en 1996 poco después de nacer, fue quemado por Fritzl en la caldera de calefacción de la casa. Tres de los hijos nacidos del incesto (de entre 10 y 15 años) fueron trasladados por Fritzl a la casa familiar e integrados como si fueran nietos y luego hijos adoptivos, mientras que los otros tres (de 5, 18 y 19 años) permanecieron toda su vida bajo tierra, hasta ser liberados hace pocos días.

La versión que Fritzl sostuvo ante su esposa y el resto de la familia para justificar la desaparición de Elisabeth fue que se había escapado para adherirse a una secta en un lugar desconocido, donde habría tenido varios hijos. El ingeniero jubilado hizo creer a las autoridades que la mujer había dejado a tres de sus siete retoños ante la puerta de la casa familiar. En los tres casos, Josef Fritzl aportó cartas escritas por su hija de su puño y letra, en las que esta se disculpaba por no poder criarlos. Grafólogos estatales han comprobado que las cartas son auténticas y que la letra no fue falsificada, lo que ha llevado a concluir que la mujer se vio forzada a escribirlas.

Los detalles dados a conocer en la confesión dibujan un escenario dantesco de la vida subterránea de la joven mujer, que dio a luz seis veces en condiciones infrahumanas y sin atención médica alguna.

El calabozo, construido bajo el jardín de la casa, tenía apenas unos 60 metros cuadrados de superficie, carecía de ventanas al exterior, disponía de cuatro habitaciones de techos de apenas 1,70 metros de altura, en donde Fritzl instaló un baño, una ducha y también un televisor y un aparato de radio, lo que permitió a sus moradores cierto contacto con el mundo exterior.

La macabra historia salió a la luz cuando la mayor de los hijos encerrados, Kerstin, de 19 años, tuvo que ser hospitalizada por sufrir una grave enfermedad que los médicos atribuyen a una degeneración genética típica de un incesto. Tras ser internada en un hospital local, Fritzl liberó a los otros dos hijos que todavía permanecían encerrados y le explicó a su mujer que Elisabeth, la hija desaparecida, había vuelto finalmente y que esos hijos eran producto de sus relaciones mantenidas en una secta.

Según informó el médico responsable del caso, Albert Reiter, la joven se encuentra en un estado «muy grave», en un coma inducido, y «solo Dios sabe» si podrá sobrevivir. Las autoridades se negaron ayer a explicar cuál es el estado psíquico de los encerrados.