El 9 de abril del 2003, cuando las tropas estadounidenses derribaban la estatua de Sadam Huseín tras entrar en Bagdad, el ayatolá chií moderado Sayed Abdul Majid al Jui moría acuchillado mientras visitaba la mezquita del imán Alí en la ciudad sur de Nayaf tras años en el exilio. Los asesinos huyeron y nada más se supo de ellos, pero todos los dedos acusadores apuntaron entonces hacia Moqtada al Sadr, el último vástago de una legendaria familia de ayatolás, como el instigador del crimen.
Fue la primera escenificación de una lucha por el poder dentro del chiismo iraquí, lucha que continúa muy presente cuando la ocupación norteamericana entra en su sexto año. Con solo 30 años de edad, este inexperto clérigo -y para muchos inculto- que solo tenía la credencial de ser hijo del gran ayatolá Mohamed Sadeq al Sadr, asesinado por agentes de Sadam Huseín en 1999, mostró su afán por el poder nada más poner los soldados de EE.?UU. los pies en Bagdad. Desde entonces, este fanático líder ha sido uno de los mayores quebraderos de cabeza de Washington en la época de la violenta posguerra.
Tras anunciar su firme oposición a la ocupación y calificar al primer Gobierno iraquí de marioneta estadounidense, fundó la milicia Ejército del Mahdi, la armó y le dio un ideario que coqueteaba con el martirio ante los infieles del islam. En aquel momento a Al Sadr solo le falta ser promocionado entre los iraquíes y de eso se encargó, con una falta de visión pasmosa, el Pentágono. EE.?UU. intentó enjuiciarlo por el asesinato de un clérigo, cerró sus periódicos y capturó a su lugarteniente. Al Sadr respondió lanzando una revuelta que puso en jaque a las tropas extranjeras y que cogió en medio a los soldados españoles desplegados en Diwaniya. Solo después de complicadas negociaciones, el clérigo aceptó un alto el fuego a cambio de participar en el proceso político.
Desde entonces, Al Sadr ha boicoteado leyes del Gobierno de Bagdad y del Parlamento, y su milicia ha sido la pesadilla de EE.?UU., que solo vio reducida la violencia cuando el líder decretó un alto el fuego.
El órdago lanzado ayer por Al Maliki en Basora puede ser un punto de inflexión en las ansias de poder de Al Sadr en la guerra que libran con los chiíes colaboracionistas dirigidos por Abdelaziz al Hakim.