Lo de Hillary Clinton tiene truco: crear una enorme expectación en torno a los dos únicos estados en los que las encuestas le daban una victoria clara y proclamar esta con todo el entusiasmo. Pero las matemáticas son feroces. Hace tan solo un mes las encuestas le daban 15 puntos de ventaja en Ohio, y han sido cuatro. Quemados sus últimos cartuchos, Obama sigue aventajándola por más de cien delegados y una vez se posen los globos y el confeti se hará evidente que su victoria es pírrica.
La mayoría de los estados que quedan por votar son favorables a Obama: Carolina del Norte, Oregón? y ya no digamos Wyoming y Misisipi, que votan el sábado. Hillary Clinton todavía podría ganar en Indiana, Pensilvania, Virginia Occidental o Montana, pero tendría que arrasar para reducir la diferencia que la separa de su rival, y superarlo es casi imposible. Haciendo números, ninguno de los dos obtendrá los delegados suficientes para una nominación directa, lo que pondrá en marcha las reglas del partido. Y, salvo cataclismos, los superdelegados, que pueden votar a quien quieran, darán ganador a Obama.
Es por esto que Hillary lanzaba ayer una insinuación: la de una fusión de ambas candidaturas. Naturalmente, lo hacía proponiéndose como cabeza de lista (otra cosa sería un suicidio político ahora mismo), pero se diría que ya no lucha por ser presidenta, sino vicepresidenta o secretaria de Estado. No es probable que a Obama le guste la idea (Hillary moviliza el voto ultraconservador a la contra), pero el partido podría imponérselo para evitar la división, porque los republicanos ya tienen a su McCain, que a partir de mañana casi puede empezar su campaña presidencial sin estorbos y sin demasiados gastos.
Cierto que el derbi Obama-Clinton tiene sus ventajas, puesto que mantiene la atención en ellos; pero Obama corre el riesgo de desangrarse económicamente (los Clinton, a este paso, pronto tendrán que hipotecar su mansión). Si en los próximos días vemos bajar la tensión entre los dos sabremos que el pacto está hecho. Si no, quizás contemplemos el mayor batacazo demócrata desde la campaña de McGovern en 1972.