George W. Bush certificó ayer, durante su séptimo y último discurso sobre el estado de la Unión, que su figura se difumina en este último año de presidencia, cuando ni su propio partido se esfuerza por prestarle demasiada atención y con el país más interesado en la carrera que avanza a todo tren para sucederle en la Casa Blanca.
Tal y como se podía prever, las propuestas que hizo el republicano fueron «modestas», «vacías», «recicladas» y «poco valientes», según la prensa y los analistas. Bush escenificó su frustración por no haber sido capaz de sacar adelante las dos reformas que fijó como objetivos de su segundo mandato: la del sistema migratorio y la Seguridad Social. Estas, junto con otras iniciativas aparcadas cayeron dentro del saco de «asuntos pendientes» y no tienen ninguna posibilidad de salir adelante de aquí a noviembre, cuando tengan lugar las elecciones presidenciales. Sobre Irak, una guerra que definirá su legado como presidente, poco nuevo dijo, sin ofrecer promesa concreta alguna para el regreso de las tropas. El resto de su discurso se centró en la maltrecha economía estadounidense, destacando la necesidad de aprobar cuanto antes un paquete con estímulos fiscales. Asimismo pidió hacer su programa de recorte de impuestos permanente y controlar el gasto.
Pero, ¿qué autoridad tiene a estas alturas un lame duck (un pato cojo en el argot político estadounidense), con su popularidad en mínimos históricos (29%)? Poca. Aunque algo le queda a Bush, la que le da su poder de veto y el título de «comandante en jefe». No obstante, los analistas coinciden en que el Congreso, en manos de la oposición demócrata, no le hará mucho caso para cumplir con sus pedidos.
La réplica de los demócratas a su discurso corrió a cargo de la gobernadora de Kansas, Kathleen Sebelius, quien rebatió casi todas las propuestas del presidente. «Los últimos cinco años nos han costado caro, en vidas perdidas, en miles de soldados heridos, en retos no cumplidos aquí en casa porque nuestros fondos se destinaban a otros lugares. Nuestra política exterior nos ha dejado con menos aliados y más enemigos», señaló.
La sensación de que el Congreso y el país parecen ya querer pasar página se podía respirar en la sala donde compareció Bush y también en los estudios de televisión que retransmitieron en directo su discurso, que no dejaron de enfocar a Hillary Clinton y Barack Obama, los dos candidatos demócratas con más posibilidades de llegar a la Casa Blanca, quienes evitaron, a pesar de estar sentados a escasos metros, estrecharse la mano. Sí lo hicieron la ex primera dama y el senador Edward Kennedy, quien esa misma mañana del lunes había pedido el voto para el aspirante afroamericano.