Francia: vivir del subsidio se acaba

M.ª Esperanza Suárez

INTERNACIONAL

Catherine, separada, en paro y con tres hijos, teme que la reforma de Sarkozy sobre la protección social le merme los 1.300 euros que cada mes percibe del Estado

24 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Catherine Delhommeau se confiesa «inquieta» ante los anuncios reformadores del presidente Nicolas Sarkozy y su rotunda conclusión: «El sistema de protección social francés es financieramente insostenible». Y tiene motivos, puesto que su supervivencia depende de los casi 1.300 euros que cobra cada mes de las arcas del Estado.

Separada, en paro y con tres hijos a su cargo, es beneficiaria de casi todas las prestaciones a las que puede aspirar un ciudadano de la República: 358 euros por los niños, complemento de 153 y 368 de ayuda para el alquiler o la compra de vivienda.

A estos 879 euros de la Caja de Subvenciones Familiares hay que sumar los 400 que recibe del seguro de desempleo. En su caso es menos de la media, porque se acoge a un régimen especial que le obliga a declarar religiosamente las 8 horas semanales que trabaja como profesora de baile.

Reconoce que a los españoles «puede parecerles mucho, pero, con lo que cuesta la vida en Francia, no se llega a fin de mes». De hecho, sus ingresos superan ligeramente el bruto del salario mínimo galo y le preocupa que Sarkozy quiera sancionar ahora a los parados que rechacen dos ofertas de empleo: «A mí ya me han propuesto varios trabajos para los que no estoy cualificada y no puedo aceptar».

No paga impuestos y el transporte urbano le cuesta la mitad, como a todas las familias numerosas.

Cuando sus hijos, dos chicas de 17 y 15 años y un niño de 7, volvieron este mes al colegio, recibió 272,57 euros como ayuda para el material escolar de cada uno. Le corresponden otros 92 euros para animar a los chavales a que se apunten a actividades extraescolares y 67,80 más de propina por barba para pasar las vacaciones de verano.

Vivienda unifamiliar

Catherine nació en Nantes hace algo más de cuarenta años en el seno de una familia de clase media. Gracias a la ayuda de sus padres y la subvención del Estado, es propietaria de una vivienda unifamiliar con tres dormitorios y jardín en Epinay, un pueblo a 16 kilómetros de París con muchos inmigrantes y un centro comercial cerrado a causa de los constantes atracos. Pero su barrio «es tranquilo, mucho más que el Barbés», la casba parisina donde convivió durante 16 años con el padre de los niños, que le pasa 300 euros mensuales de pensión.

Cuando llegó la ruptura, la familia le echó una mano. Entonces, la burocracia le complicó mucho la tramitación de la subvención de la vivienda. «Tuvimos que ir todos a Hacienda con una montaña de documentos y presentar una declaración jurada, para demostrar la ayuda de mis padres y que yo decía la verdad». Y, aunque no sea su caso, reconoce que «hay gente que hace trampas».

Tantas que ahora mismo hay más de mil expedientes en manos de los jueces con un coste que ronda los 500 millones de euros de fraude en los últimos tres años. Frente a los chanchullos individuales de antaño, ahora caen redes enteras que falsifican actas de despido de empresas inexistentes, recibos de ingresos inflados para elevar el montante del paro, bajas médicas por enfermedades imaginarias? El control es ahora mucho mayor que hace unos años, cuando la gestión de las prestaciones no estaba centralizada. A finales de los 90, un hombre que se movía por todo el país consiguió una fortuna en ayudas familiares. Cuando le descubrieron, constaba oficialmente como padre de 113 hijos.

«Es cierto que hay gente que abusa, pero no es la mayoría», asegura Catherine, escéptica ante los propósitos del presidente de la República. «Antes de arruinar la vida de la gente habría que suprimir los gastos inútiles, las cantidades enormes que se derrochan para guardar las apariencias y que también salen de los impuestos de los franceses».

A Sarkozy le reprocha «no haber vivido nunca como la gente de la calle». Por eso cree que al final el precio de su reforma «lo va a pagar la gente que cobra menos». Y él «podría hacer política sin gastarse tantos millones en aviones y vacaciones».