«Los libaneses se sientan a examinar en qué se diferencia su situación de hoy con la de hace un año, y este verano tiene un sabor diferente, el de las cenizas, el miedo, la pérdida. Entre un verano y otro, el alcance de las divisiones entre los libaneses ha quedado patente. El país, el estado de la gente y el de sus instituciones, todos sufren las consecuencias». Así escribe, en el aniversario de la denominada segunda guerra israelolibanesa, Gasán Charbel, en el diario panárabe Al Hayat . En una visita a la frontera entre Israel y el Líbano, el primer ministro Ehud Olmert declaraba: «El Ejército está ahora más preparado que hace un año. Hezbolá se ha visto incapacitada por el despliegue en el sur del Líbano, su bastión tradicional, de tropas internacionales». Olmert ha perdido la mayoría de su apoyo popular en las encuestas por lo que los israelíes denominan «guerra inconclusa». La campaña libanesa, para los israelíes, se cerró en falso. Treinta y cuatro días de guerra, 1.200 libaneses muertos -la mayoría civiles-, 157 israelíes muertos -la mayoría militares-, 4.000 cohetes katiusha de Hezbolá contra el norte de Israel, y la mayor parte de la infraestructura libanesa destruida por la aviación israelí. Este es el balance, somero, de aquella guerra del verano del 2006. Los vientos de otra siempre soplan en un área donde todos tienen una memoria prodigiosa. En el norte del Líbano, nuevos bombardeos suenan en el campo de Nahr el Bared, donde el Ejército se empeña en acabar con la resistencia de Fatah al Islam, los milicianos de Al Qaida. Y como se vio el 24 de junio con el atentado al contingente español, grupos terroristas armados se siguen moviendo a sus anchas en el volátil sur, donde nada se le escapa a Hezbolá.