Fiesta gallega en Florida La Sociedad Santa Marta de Ortigueira conserva en Florida el espíritu de los emigrantes que salieron de Cuba y que miran el ocaso de Castro sin revanchismo
23 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Es sábado por la noche y la sede de la Sociedad Santa Marta de Ortigueira celebra el baile semanal. Es el único centro gallego en Florida, pero la primera respuesta de sus responsables me desconcierta. «No, aquí no hay gallegos; eso se acabó», aunque alguien que pasa por allí da en el clavo: «¿Acaso no son todos los cubanos hijos de gallegos?». En realidad sí que hay gallegos. El primero que me encuentro es el mismísimo presidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño. En un retrato, claro. La segunda es Mari Carmen Álvarez, una mujer hiperactiva que ya ha pasado de los 70: «Hoy hace 54 años que me despedí de mi madre para irme a Cuba», me dice mientras arregla las cuotas de los socios que van entrando al baile. La historia de Carmiña es la de centenares de gallegos que emigraron a Cuba y salieron hacia Estados Unidos con motivo de la revolución castrista. Es la propia historia de la sociedad en que me encuentro, fundada en 1928 por Antonio Couzo en La Habana y recuperada años después en el exilio cubano en Estados Unidos. Carmiña, entusiasmada con la presencia de un gallego llegado de Galicia, me cuenta cosas de la agrupación, recientemente visitada por personal de la Xunta (de ahí la foto de Touriño, que, por cierto, comparte espacio con la del alcalde de Ortigueira), de sus actividades, de anteriores presidentes, pero, de pronto, el espacio acústico se llena con el atronante pasodoble Julio Romero de Torres y tenemos que elegir entre bailar y conversar. Mejor lo segundo. Mi contertulia me cuenta cómo llegó a Cuba, las dificultades para establecerse en La Habana, la ayuda que recibió de la asociación y cómo su vida en la isla giró todos aquellos años alrededor de los gallegos emigrados: «Nunca bailé con un cubano, ¿se lo puede creer?», pero se casó con uno dos años después de llegar a Miami. Al salir de Cuba Curiosamente, Miami no fue el final del trayecto para muchos de los gallegos que salieron de la isla, como ella dice, «con una mano delante y otra detrás». De la cálida Florida se desplazaron a Chicago, donde construyó su familia y su futuro trabajando para American Airlines. Dice que cuando empezó apenas conocía unas pocas palabras en inglés. Pero le fue suficiente. Puro ingenio gallego para sobrevivir; ni más ni menos que el que se respira actualmente en Cuba. Con la jubilación asegurada, el matrimonio regresó al calor de Miami; al calor climático y al humano de la nutrida colonia gallego-cubana o cubana a secas. Ha viajado con frecuencia a Galicia, pero su hijo vive en Nebraska, y su marido está delicado del corazón. Así que cuando admite que no regresará a Ortigueira para quedarse, sus ojos se llenan de lágrimas. La morriña es un tópico, sí. Pero es más fuerte que nada. Mientras docenas de parejas (casi todas de más de 50 años) vestidas de domingo se descoyuntan bailando salsa, rumba y lo que les echen en el amplio salón de la sociedad, en la barra, un grupo de cubanos me preguntan por su país al conocer que he visitado la isla recientemente. La mayoría no han vuelto. Buen nivel de vida No se aprecia revanchismo contra el régimen ni el deseo de recuperar lo perdido. A casi todos les ha ido bien en el exilio y han logrado un nivel de vida superior al que les esperaba en la Cuba castrista. Sus hijos son norteamericanos y, como admitía Francisco Lavín, presidente actual del colectivo: «A mí ya no se me ha perdido nada en Cuba». De repente, todos se callan y aprecio algunas miradas que me apuntan y desconciertan. Carmiña, que ha interrumpido el baile para decir unas palabras, me convoca con su micrófono inalámbrico a salir al medio de la pista. Está tan entusiasmada con la presencia de alguien llegado de su Galicia natal que consigue sonrojarme al presentarme como una celebridad. Atónito, balbuceo unas palabras de agradecimiento que el auditorio cierra con un aplauso y un «¡Viva Galicia!, ¡viva Cuba!». No quiero pensar qué sería si los visitara el mismísimo Touriño.