El ministro de Desarrollo Social participa en la polémica misión nocturna de retirar a los indigentes de las aceras de Caracas
26 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.El tipo vestido de negro se dirige al grupo (una veintena de hombres y una mujer, formados en fila): «¿Cómo tienen la moral?», les grita. «¡Al millón; a tres mil pies de altura!», responde el coro. La fórmula, repetida otras cuatro o cinco veces antes de subir a los autobuses, viene a dejar claro que quienes una vez formaron parte de la legión de indigentes que duermen en las aceras de Caracas ya están recuperados y listos para ayudar a sus «hermanos». «¡Estamos sólidos!», insisten los integrantes de esta suerte de ejército de antiguos desarrapados, que incluso forma al uso militar (cubriéndose con el brazo para respetar las distancias). La coreografía es algo más que una puesta en escena para los medios de comunicación que les acompañarán en su misión por las calles. Es un saludo especial para el general Jorge Luís García Carneiro, ministro de Participación Popular y Desarrollo Social (uno de los 25 del equipo de Hugo Chávez), que hoy participa en la misión. No es la primera vez que el ministro sale a «limpiar» la ciudad de gente sin hogar junto al grupo. Dicen que es frecuente verlo al frente del equipo de voluntarios vestidos con camiseta roja que, según García Carneiro, pagan con esta actividad «los desmanes que cometieron en su vida anterior». El político no habla de reencarnación, pero casi: sus muchachos (la mayoría jóvenes) que protagonizaron actos vandálicos cuando vivían en la calle, antes de ser retirados de la vía pública por la Misión Negra Hipólita, que ahora integran. Jesús Fajardo, de 29 años y padre de dos hijos de 9 y 10, recuerda que era «presa de la droga y el alcohol» y deambulaba por las aceras rompiendo bancos y farolas, cuando unos camisetas rojas se le acercaron para proporcionarle «un hogar». Ahora vive en una comunidad de marcada influencia religiosa, una especie de granja donde, según el ministro, «se les dan estudios y un pequeño sueldo para convertirlos en hombres nuevos». Reclutamiento Estas nuevas personas, 109 en ocho meses de trabajo, salen unas cinco veces por semana a reclutar compañeros. El objetivo (inalcanzable) es que antes de febrero del 2007 no haya gente durmiendo en las calles de Caracas. La zona que esta vez recorre la misión es el peligrosísimo distrito 5 de julio. A los dos guardaespaldas del ministro se añaden cinco equipos de policía, que acabarán asumiendo un papel mucho más relevante de lo esperado. Antes de partir, el comisario Rivero ya lo advierte: «A veces la cosa se pone difícil porque no todo el mundo acepta la oferta para cambiar de vida». Tras dos horas de paseo, la premonición se ha quedado corta: casi ningún indigente recibe con agrado la invitación para subir al autobús de la misión, y la mayoría son convencidos con la promesa de comida y ropa limpia. Con los más reticentes, la policía muestra (si es posible a espaldas de las cámaras) que su rol es algo más que de acompañamiento. Los patrulleros son mucho más persuasivos a la hora de engrosar los buenos resultados del operativo. El ministro se multiplica para explicar a los reporteros que sólo se trata de ayudar «a los que lo pasan mal» y que quienes no entienden las bondades de la iniciativa «están presos por la droga». Pero, según avanza la noche, la limpieza de aceras no parece tan inocente y bien intencionada como antes de partir. Cuando los medios abandonan los buses, hay una decena de indigentes dentro -alguno, como una señora mayor que pernoctaba en un portal, ha amenazado a los voluntarios con una botella de cristal-. El equipo, del que ya se ha descolgado García Carneiro, seguirá un rato más con la frenética carrera por cumplir el objetivo del ministro, quien al menos ha mostrado que no se le caen los anillos si se trata de limpiar calles.