Uno de los equipos españoles de rescate en catástrofes tuvo que hacer un terrible viaje para llegar a Bantul, porque las autoridades indonesias les negaron ayuda
31 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.?e metieron 21 horas de avión hasta Yakarta, y cuando llegaron, los invitaron a volver por donde habían venido. Así empezó la odisea que sufrieron los cinco integrantes del equipo de rescate K9 Creixell -un asturiano, dos catalanes y dos portugueses- para poder prestar su ayuda entre los escombros de Bantul, una de las localidades de Indonesia más afectadas por el terremoto del pasado sábado. «Tenían un documento del consulado indonesio en España en el que aparecían todos los permisos necesarios, pero al llegar al aeropuerto el Ejército dijo que ya no hacían falta, que no iban a trasladarlos hasta la zona afectada». El fotógrafo gallego Gabriel Tizón relata la historia del grupo, al que acompañó en su peripecia. A su lado, Pablo Martínez, Pedro Frutos, José Luis García, Marco Paulo Soraiva y Fernando Vilaça duermen en el suelo, rodeados de hogueras, después de una jornada agotadora. «Los encontré en Yakarta, y me uní a ellos porque pensé que sería la única forma de llegar aquí -explica Tizón-, pero entonces nos quisieron echar diciendo que ya no había nadie a quien rescatar». Como las noticias que llegaban desde Yogyakarta desmentían la información del Ejército -aún quedan poblaciones a las que no se ha podido acceder, donde muchos habitantes están desaparecidos-, los voluntarios iniciaron una negociación con los soldados, que acabó en un soborno, para conseguir un transporte. «Acabamos pagando dos millones de rupias (algo más de doscientos euros) para alquilar un camión viejo en el que meternos los seis junto a los perros especializados en rescates», relata el fotógrafo. No imaginaron lo que iba a venir después: «Nos dijeron que iban a ser cinco horas hasta Bantul (a 400 kilómetros de Yakarta), pero hemos pasado dieciséis viajando sin parar en ese camión, que era un auténtico horno, con un calor y una humedad insoportable. Pensé que los animales se iban a morir por el camino y dos de los del grupo tienen síntomas de insolación». Violencia extrema Si el trayecto fue duro, la situación en el punto de destino no contribuyó a mejorar los ánimos. Tizón relata: «Nos habían dicho que lo peor ya había pasado, pero creo que las noticias que se están dando de lo que pasa aquí están equivocadas. Después del terremoto, los hospitales están desbordados y las casas totalmente destruidas, y de eso se están aprovechando las pandillas de saqueadores, que se comportan con una violencia extrema». Bantul está siendo asediada por grupos llegados de localidades vecinas para tratar de rapiñar las pertenencias de las víctimas del seísmo. «Se llevan todo lo que encuentran -indica el fotógrafo gallego-, incluso en los hospitales, y el Ejército no hace nada por detenerlos». En medio del caos, los vecinos han optado por agruparse para defender sus escasas posesiones y son frecuentes las escaramuzas con cruentos desenlaces. «Al lado de donde estamos durmiendo hay expuestos los cadáveres de tres saqueadores. Los quemaron vivos y los han dejado a la vista, como advertencia». Hay incluso turnos establecidos para montar guardia por la noche. «Estamos -cuenta el fotógrafo- en el patio de una casa destruida, y hay tres chicos a la puerta con fusiles y machetes para disuadir a los bandidos. Como los criminales aprovechan la oscuridad para atacar a los más indefensos, toda la ciudad está llena de hogueras».