Los tanques, la base de EE.UU. hasta en las operaciones sencillas
INTERNACIONAL
La falta de seguridad obliga a fuertes despliegues para cualquier intervención
10 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.«¿Vosotros rezáis? ¿Soy religiosos? Yo sí. Si os importa, voy a rezar por todos nosotros. Por lo que pueda pasar». Engels Tejeda se ajusta el casco y las protecciones y se pone a los mandos de su vehículo de combate de infantería, un Humvee. Formamos parte de un convoy del 84 batallón de ingenieros del Ejército norteamericano. Salimos de la base área de Balad, en medio del triángulo suní, el bastión de la resistencia iraquí, con destino a una de las principales rutas por de abastecimiento para las tropas. La misión: arreglar los socavones que dejan las bombas que plantan los insurgentes y que han causado la mayor parte de las bajas estadounidenses en la guerra. Ayer mismo fuimos testigos de cómo mataban a un soldado e hirieron a otro. «Esta misión es peligrosa de cojones», nos advierte un soldado antes de salir. Engels, que es dominicano, tiene 24 años y se metió en esto del Ejército para estudiar leyes, nos tranquiliza. «Con suerte todo va a salir bien». Nuestro destino no está lejos de la base, pero por los preparativos pareciera que vamos a la otra punta del país. Un montón de vehículos escoltan las máquinas de trabajo. Ametralladoras, fusiles, de todo. ¿Es que esperan un ataque de los insurgentes? «Nosotros siempre salimos asumiendo que los malos nos pueden atacar», dice el teniente Raymond Kangas, el jefe del convoy. La insurgencia «Los malos», es el término con el que los soldados norteamericanos se refieren a los insurgentes, que han hecho de las rutas de suministro del Ejército uno de sus blancos preferidos. Por allí circulan todo tipo de convoyes de comida, combustible, pertrechos y todo lo que un ejército de 150.000 hombres necesita para seguir luchando. Vienen y van desde Kuwait atravesando todo el país, alimentando la guerra. Los soldados que los escoltan se han ganado el respeto de todas las unidades del Ejército. «Esos chicos suben y bajan sin parar. Hay muchos días que les atacan y al día siguiente salen otra vez. Es increíble», dicen. En el convoy en el que viajamos se palpa la tensión. A nadie le resulta fácil cruzar las puertas de la base y abandonar su seguridad sólo rota por los disparos ocasionales de mortero. Todos saben que ahí fuera hace pocas horas ha caído un compañero y que a otro, Giovanni Carvajal, ha tenido que pasar por la sala de operaciones para que le arreglaran la pierna destrozada por la explosión de una artefacto explosivo colocado en la cuneta de un camino. Su vehículo quedó totalmente destrozado. Por eso, en cuanto salimos, la consigna es fijarse en todo lo que pueda ver en la carretera o en sus alrededores. Damos vueltas buscando los agujeros. La tensión es evidente. «¿Ese gato muerto estaba ahí antes?», pregunta un soldado. Hay que fijarse en todo. Los insurgentes han llegado a colocar cadáveres de burros, cajas, maniquíes vestidos de mujeres. De todo. En el hospital de la base de Balad saben cuál es el precio de no advertir a tiempo el peligro. «La inmensa mayoría de los heridos que nos traen tienen que ver con IED (las siglas inglesas para Artefacto Explosivo Improvisado)», nos dice un médico. Explosiones Finalmente llegamos al lugar donde se encuentra el agujero de una de las últimas explosiones. A juzgar por su tamaño debió ser una fuerte detonación. El teniente Kangas hace descender a sus hombres y comienza a trabajar. Mientras unos pocos arreglan el socavón, la inmensa mayoría del convoy, incluidos varios tanques Abrams, vigilan posibles ataques. Y lo cierto es que toda la operación resulta bastante ilustrativa de la situación que atraviesa la guerra: estamos apenas a unos kilómetros de una de las mayores bases norteamericanas en Irak y los norteamericanos necesitan la protección de todo un convoy de combate y de varios tanques para poder arreglar un agujero.