La destrucción del santuario de Al Askari ha enfrentado aún más a las dos principales confesiones religiosas de Irak, que se encuentra al borde de una cruenta guerra civil
24 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.«Es indiferente la clase de iraquí que uno sea, lo único que importa es la idea de Irak que tengamos en la cabeza para el futuro». Atwar Bahjat, la periodista iraquí más conocida en el mundo árabe, había hecho varios directos y ahora tenía que montar su crónica. Se encontraba en Samarra, su ciudad natal, y hacía muy poco que había sido contratada por el canal Al Arabiya, competidor directo de Al Yazira. De su cuello pendía bien visible, como siempre, un colgante de oro con la silueta de Irak, bailando al compás del viento arenoso de la provincia de Saladino. El caudillo árabe que derrotó a los cruzados y conquistó Jerusalén en el siglo XII creció contemplando la cúpula acebollada de oro macizo que dominaba toda la llanura regada por las aguas del río Tigris. Hacia la media tarde del miércoles 22, unas doce horas después de que una decena de supuestos suníes hubieran volado el santuario de Al Askari, en Samarra, Atwar y dos de sus colegas habían dejado de responder a sus teléfonos. El cuarto miembro del equipo, un técnico, denunciaba a las autoridades que sus tres compañeros habían sido secuestrados por una banda armada. Antes de llevárselos en la furgoneta blanca donde se hallaba el satélite de transmisión, habían preguntado específicamente por ella. Ya entonces, decenas de mezquitas estaban siendo atacadas, y un gran número de suníes en todo el centro del país, asesinados. Las provincias de Saladino, Babilonia, Diala y la capital, Bagdad, quedaron bajo estado de emergencia hasta las cuatro de la tarde de ayer, pasado el tiempo de las plegarias. Una tregua obligada en la guerra de las mezquitas. ¿Quiénes tomaron la decisión de hacer saltar por los aires, poco antes del alba, el lugar donde fueron enterrados los imanes décimo y undécimo de los chiíes, Alí al Hadi y su hijo Hasán al Askari; pero, sobre todo, el lugar donde el último imán, el duodécimo, Mohamed al Mahdi, desapareció siendo niño para evitar ser eliminado, como sus predecesores, por los suníes? La división entre las dos ramas del islam se materializó en el siglo IX, cuando el nieto de Mahoma, Huseín, fue asesinado en Karbala por las huestes de Yazid, el hombre fuerte de los califas de Damasco. Desde entonces, los suníes (de sunna , tradición), viven su fe basada en las doctrinas de los seguidores del profeta, una suerte de sistema republicano, a diferencia de los chiíes (de sharia , ley), que dicta el linaje de los que descienden directamente del profeta, una suerte de monarquía islámica cuya aristocracia se distingue por sus turbantes negros, los de los herederos directos de Mahoma. Bombas nucleares En Samarra, tras la desaparición del Mahdi, los chiíes optaron por vivir su fe de puertas adentro, la doctrina del ocultamiento, de la que podrán ser rescatados cuando reaparezca el Mahdi. El actual presidente de Irán, Ahmadineyad, pertenece al grupo religioso fundamentalista del duodécimo imán, que considera próxima su llegada. Todo ello refleja la extrema importancia de los hechos de Samarra y su influencia capital en la política de la zona, inmersa en un torbellino cuya penúltima turbulencia pasa por la guerra sobre la construcción de bombas nucleares por parte de Irán. Ahmadineyad, usando la fórmula latina qui pro bono (¿A quién beneficia?), se ha apresurado a acusar a las fuerzas de ocupación del atentado, para defender así su presencia militar, sine díe , en tierras mesopotámicas, con el pretexto de garantizar el orden, y el petróleo. No es el único que lo ha hecho. El máximo líder chií de Irak, el ayatolá Alí al Sistani, hasta ahora moderado, partidario de separar religión y Estado, ha declarado que, visto lo visto, es imperativo que sus milicias defiendan sus propias mezquitas en Irak. El signo más gráfico de la gravedad de la situación proviene del otro líder de la comunidad, Muqtada al Sadr, descendiente de una dinastía religiosa, turbante negro, con ramificaciones en Irán, Siria y el Líbano. Al Sadr tiene su base en Sadr City, antes Sadam City, ciudad dentro de la ciudad de Bagdad, con más de un millón y medio de habitantes. Sus milicias, las más numerosas de Irak, se llaman Mahdi. Otra vez de manifiesto la importancia de lo acaecido en Samarra. Vestidos de negro, los integrantes de los cuerpos de choque de las milicias del Mahdi han sido identificados como los que han sembrado el terror en las mezquitas suníes de Bagdad y alrededores en los últimos días. Las conversaciones para formar un gobierno de unidad nacional, la única solución para detener la violencia en Irak, han quedado congeladas. Las llamadas a la calma provenientes de líderes políticos nacionales e internacionales se repiten. Bush y Blair acusan a Al Qaida en Mesopotamia -Al Zarqaui- del atentado, pero en lo único que parecen estar de acuerdo suníes y chiíes en Irak es en culpar precisamente a las tropas de ocupación. El miércoles por la tarde, en Samarra, Atwar Bahjat recogía micrófonos y apuntes para su última crónica del día. Había visto mucho y se debía de temer lo peor para dar paso a una opinión tan personal como la que había elaborado en su entradilla: su preocupación por el futuro de Irak. Samarra es una composición de tres palabras árabes: surra , man y raá , la felicidad, o el secreto, según la acepción, del que ha visto. Atwar repetía a menudo que se debía ver, con coraje, la realidad. Probablemente mirase también a los ojos a su propio asesino; de su futuro, y del de Irak.